Cuando practicantes en el recordado Hospital San Juan de Dios hace ya 60 años, aprendíamos una medicina al estilo francés que, a base de pura clínica nos obligaba a hacer diagnósticos que se confirmaban con la escasa tecnología con que se contaba. En ese entonces los sabios maestros como los doctores don Manuel Beltranena, don Ernesto Alarcón, don Rafael Leal y don José Fajardo nos enseñaban que con una mirada perspicaz se detectaba la expresión del paciente que era de lo más trascendente para principiar a conocerlo.
Es así que luego de los datos generales del paciente debíamos de llenar un espacio en el que se leía: «fascies», y que le obligaba a uno a adentrarse para tratar de conocer no solamente el dolor del cuerpo sino también el del alma. Fascies dolorosa, fascies de angustia, fascies depresiva, fascies colérica, entre otras, nos obligaba a hacer nuestra interpretación de los sentimientos que le deberían mover a uno a sentir, con empatía, las quejas de quien pedía ayuda.
Pasado mañana, D.M., tendré la oportunidad de contemplar la fascies del Nazareno de Candelaria y, emocionado, preguntarme por enésima vez, ¿por qué es que me emociona? Y al escuchar las notas de la marcha de Manuel Moraga, Una lágrima, volver a interrogarme, ¿qué es lo que me mueve a meter el hombro y echar fuerzas para levantar el anda del Nazareno? Sentimientos e intelectual raciocinio.
Son interrogantes que me planteo año con año. Luego me recuerdo las consecuencias de ese esfuerzo para agravar mi escoliosis (columna torcida) y elevar aún más mi ya elevada presión arterial, y, como es natural, y ante el temor de un derrame me pregunto si acaso estaré haciendo lo debido.
Me recuerdo entonces, Nazareno, de cuando hace dos años, por esas tontas razones tuve miedo y no te cargué, y luego me sentí un flojo y cobarde. Me arrepentí y no me lo perdono. Es que cuando al compás de los acordes que nos marcan el paso logramos oír que de tu entreabierta boca seca salen tus ya casi inaudibles jadeos, sentimos que nos estás hablando. Y cuando tu cabeza colgante con tus ojos apenas entreabiertos porque ya no hay fuerzas para cerrarlos, sentimos, todos los cargadores, que, en medio de tu agonía, nos estás mirando. Esa tu mirada. La mirada de esos tus ojos resecos, ya sin lágrimas porque has dado hasta la última gota, nos hacen sentir lo que sintió Caín, cuando, después de su fechoría, tú le mirabas.
El asombro ante la mirada de dos de nuestros niños ahora nuevamente nos embarga. Cuando con la Lila mi mujer, sentimos esa asombrosa sensación que emociona cuando Fernanda y José Andrés, nuestros dos últimos bisnietos se quedan mirándonos fijamente a los ojos. Es algo inefable, y nos preguntamos ¿qué pensamientos albergarán esas cabecitas?
Contrastantes bellezas que nos agobian. La enigmática, la inocente e inquisidora mirada de un infante y la impactante y enigmática mirada del Nazareno de Candelaria que nos traspasa.
Y tú Señor, que ahí de reojo me miras, me obligas a que, avergonzado, agache la cabeza. Y, de verdad que así lo siento. Y de verdad que algo tienen en común las miradas de esos infantes niños, con esa tu mirada, Nazareno.
Pero… a pesar de todas esas inquietantes interrogantes, si tú me prestas la vida, allí estaré, Señor, este Jueves Santo. Ojalá la Lila pueda acompañarme.