Los guatemaltecos y guatemaltecas conviven con la muerte violenta todos los días de la semana, todas las semanas del mes hasta casi completar ciclos anuales de violencia y muerte. Basta ver los diarios para darse cuenta que la muerte campea entre nosotros, como la Chalana en las comparsas de la Huelga de Dolores.
Están las muertes que se derivan por robos y delincuencia común, los asesinatos que sin ninguna explicación permanecen impunes en torres y torres de expedientes del Ministerio Público; de éstos hay miles en boca de toda la ciudadanía. Hay muertes de mujeres que llevan saña y que demuestran un acto de dominación del hombre, que concluyen de manera sumamente violenta, el cuestionamiento a su poder. Cabe mencionar entre éstos el de la reciente jovencita que «sin razón aparece muerta en un motel», o aquel esposo que en un acto de supremacía irrumpe en su antigua morada y apaga la vida de todas aquellas vidas que antes fueron su familia.
Especial significancia tienen los asesinatos de niños y niñas que siendo tan jóvenes en este mundo, les ha sido arrebatada la vida en actos violentos. Destaca aquella historia (como una verdadera película de horror), del asesinato de una niña que es ultrajada y luego desmembrada.
La muerte también se encuentra en los «accidentes» viales, como el recientemente ocurrido del bus en una ruta al oriente del país. 55 muertes, 55 pérdidas humanas, que de accidentales no tuvieron nada porque cada día ha salido una causal que acusa o señala responsables. Hechos como la licencia vencida y las múltiples infracciones del piloto, la indiferencia del diputado dueño de la empresa, un Estado que no previene e implementa normativas de seguridad vial, pólizas de seguros vencidos, todo ello demuestran que esas muertes no fueron accidentales.
También están las muertes que como una crónica anunciada, se anuncian paso a paso en las noticias sobre el sistema hospitalario. Destacan aquí los pacientes (no por nada se les llama así), que son miles de personas que en los hospitales públicos esperan pacientemente mientras les llega el turno de morir por un sistema que los atiende a ritmo de burocracia.
La vida en este país vale poco (o por lo menos ese es el mensaje que se lee a diario), y la muerte pareciera que es la protagonista principal. Muerte por asesinato se ha vuelto parte de la inconciencia colectiva. La muerte campea entre nosotros y nos ha hecho una sociedad con sed de violencia y venganza que grita ¡muerte! porque de esa forma parece redimir su necesidad de justicia.
Por su lado, el Estado falto de legitimidad para imponer «autoridad», propone castigo/ muerte, castigo a través de la muerte. Un Estado que en realidad poteste a través de penas lo haría en base a principios fundamentales de la democracia como el de la humanidad, de lo contrario y en clara contradicción, el Gobierno que ejecute la muerte abusa de su potestad y deslegitima su propia autoridad.
Tomar otra vía implicaría un esfuerzo de valorar la vida aún en escenarios completamente adversos e impensables. Reeducar y reinsertar socialmente supone largos plazos, mismos que hacen que ciudadanos se vuelvan violentos y que acudan al asesinato como forma de resolución. No se nace «malo», es el entorno que rechaza, aísla, empobrece, discrimina, individualiza, el que moldea día tras día conductas violentas como síntoma psicosocial de una sociedad entera que padece de violencia y autoritarismo.
Aquellos tiempos también son los que un estado necesita para reinventarse, para definirse, para legitimarse a través de un sistema de justicia que produzca amparo y referencia. Disuadir a través del castigo de muerte es estéril porque la sociedad ya es violenta, propongo reavivar corregir, educar, reinsertar. Naturalmente que el camino de reeducar a un individuo conlleva tiempos, mismos que no empatan con el grito inmediato de justicia; aún y cuando el camino no es fácil, se esperaría que el Estado encaminara sus pasos hacia ese rumbo.
Este reto es tan grande como muchas de las tareas pendientes del Estado guatemalteco. Proporcionar alternativas de desarrollo social con equidad, planes de educación con amplia cobertura, un sistema de salud con calidad y acceso para todos y todas, está estrechamente ligado con la opción que debe de asumir el Estado, de desarrollar un sistema penitenciario que integre al reo a una vida diferente. El común denominador entre todos estos pendientes no es otro que la apuesta por la vida, vida con dignidad, respeto y con igualdad de oportunidades.
Finalmente, este no es «otro» artículo en contra del castigo de muerte, es uno más a favor de la opción por el derecho a vivir.