La Semana Santa, festividad religiosa en conmemoración de la Pasión de Cristo, se ha convertido en un importante período de vacaciones para la mayoría de guatemaltecos y los lugares de descanso se llenan durante estos días que hemos dado en considerar como nuestro «Verano», porque generalmente coincide con la época más calurosa del año. Sigue siendo una fiesta importante para el pueblo católico por las tradiciones que prevalecen, especialmente la majestuosidad de las procesiones que en Guatemala y Antigua Guatemala alcanzan su máxima expresión, pero que recorren casi todos los poblados del país en una manifestación de la fe y devoción del pueblo.
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Desde el punto de vista de la vida nacional, es indiscutible que la Semana Santa es un parteaguas que anualmente detiene las actividades no sólo económicas, sino que también políticas del país. Y para este gobierno, que está haciendo sus esfuerzos por asentarse tras tres meses de la toma de posesión, aproximándose a pasos agigantados a la meta de los cien días que el mismo presidente Colom se puso como parámetro para establecer mediciones en cuanto a sus logros concretos y efectivos, vale la pena que se aprovechen estos días de remanso para una profunda reflexión sobre la marcha de los asuntos públicos, de manera tal que se pueda evaluar de manera objetiva no sólo el cumplimiento de las metas que se trazaron para este período, sino sobre todo si el rumbo de su gestión permite vislumbrar verdaderamente la oportunidad de cambio.
Porque una de las razones por las que siempre se habla de los primeros cien días es porque hay aceptación de la tesis de que lo que no se logra al principio, cuando se goza de todo el poder y la energía para emprender grandes proyectos, no se puede hacer más tarde. Y es que el sistema es una enorme madeja que atrapa a cualquiera que no tenga absoluta claridad de sus propósitos y el día a día, la fatídica coyuntura que ha sido tan perjudicial para casi todos los gobiernos, los termina convirtiendo en bomberos que deben estar haciendo esfuerzos por apagar fuegos cotidianos.
A estas alturas me imagino que ya el presidente Colom y las gentes más preparadas de su equipo se dieron cuenta que no tienen mucho en el aparato del Estado para lograr la implementación de políticas eficientes en el corto plazo. Una cosa es ver las cuestiones desde la oposición, cuando uno simplemente no se explica por qué las autoridades no encaran los problemas como debe ser, y otra es ejercer el poder para darse cuenta que la institucionalidad del país es virtualmente inexistente y que para donde uno voltea a ver, lo que encuentra son entidades en crisis. Lo mismo es hablar del tema de seguridad, con sus implicaciones en justicia y prevención, que en materia de educación pública o la salud de la población.
De hecho nos hemos ido convirtiendo en un país que subsiste gracias al esfuerzo que hacen más de un millón de guatemaltecos que viven y trabajan en el extranjero y que con sus remesas mantienen la economía nacional. De no ser por ese aporte proveniente de gente a la que damos importancia sólo por sus dólares, Guatemala hubiera reventado en otra crisis posiblemente peor que el mismo conflicto armado interno que la desangró por años.
Cualquier migrante que vuelve deportado a Guatemala se encuentra si no con las mismas condiciones que le obligaron a salir con algunas peores que las que les tocó vivir. Y eso es simplemente el reflejo de que no tenemos una visión de futuro, un proyecto real de Nación y que todos nuestros gobiernos se dedican simplemente a torear las circunstancias diarias sin emprender las transformaciones impulsoras del desarrollo que tanta falta nos hacen. Queden estas líneas para la reflexión de las autoridades en estos días de remanso.