Presidente Colom, usted manda


«El que ve más allá de los mares, cambia de cielo pero no de espí­ritu»

Horacio

Edith González

En una conferencia de prensa, ayer tarde, el presidente ílvaro Colom dio a conocer su decisión al respecto del indulto presidencial. Una decisión que además de acertada no lastima a nadie. Aunque algunos piensen que su propia decisión hubiera sido otra.

El vetar el indulto presidencial no representa lavarse las manos, sino simplemente asumir su papel como bien lo dijo: los legisladores que legislen y el gobierno que gobierne. Y es que dejar en manos de una persona, en este caso el Presidente la opción de decidir sobre la vida o muerte de alguien por muy criminal que sea como que es ponerlo a nivel de Dios o del diablo.

Por supuesto sin ninguna necesidad puesto que esta persona-delincuente fue juzgada, vencida en juicio, hallada culpable y sentenciada por un tribunal que además de invertir tiempo, conocimiento y el dinero de los guatemaltecos merece el respeto de la población y del Presidente.

Si Portillo y Berger no le entraron a la decisión, sus motivos tendrí­an para continuar engordando a los criminales de alta peligrosidad mientras los municipios en pobreza extrema aumentan y sus pobladores disminuyen.

El rechazo del presidente Colom a tomar decisión sobre la decisión ya tomada en materia legal no significa que la pena de muerte quede sin vigencia. Y si bien podemos asumir que no es disuasiva para los criminales, los guatemaltecos honrados dejaremos de costear la vida de los delincuentes. Muchos de los cuales continúan delinquiendo aún desde la cárcel, quizás porque allí­ se ven más favorecidos que los que estamos fuera y vivimos de acuerdo a las leyes, quienes trabajamos un año calendario, no de diez meses, sin que el Estado nos proporcione alimentación ni hospedaje.

Y si bien es cierto la muerte por desnutrición, por falta de atención materna por ignorancia y olvido a la que se puede ser sometida la población más necesitada ante la negativa de los paí­ses de la Unión Europea a continuar ayudándonos si no se llega a abolir la pena de muerte serí­a terrible, también hay que hacerles ver que esas deberán de pesar sobre sus conciencias.

Diez años de la firma de la paz nos han dejado cerca de 40 condenados a muerte, una cifra nada comparable con la cantidad de crí­menes cometidos en estos mismos años.

La falta de exigencia en el cumplimiento de la ley nos ha convertido en una sociedad enferma en la que jóvenes de 20 años tiene más de diez ingresos a cárcel y van de nuevo por más. Atender ahora las sentencias ya dictadas por los Tribunales de Justicia es el siguiente paso.