La economía mundial está pasando ahora por uno de sus peores momentos de las últimas décadas y por supuesto que ello afecta más a los países pobres cuya dependencia se magnifica en estas circunstancias. Pero siendo ésta una época de grandes males que se perciben en el plano de la economía familiar, debe ser también época de grandes e ingeniosos remedios porque la historia demuestra que cabalmente cuando más necesidades hay, aflora con mayor ímpetu el ingenio de la humanidad y muchos de los grandes beneficios que hoy gozamos surgieron como reacción y mecanismo de defensa frente a la crisis. En condiciones normales, cuando todo fluye sin dificultades y hay en el mundo aires de prosperidad, florece el consumismo y es menor la inventiva.
ocmarroq@lahora.com.gt
Es cabalmente ahora, cuando nos damos cuenta de lo grave de nuestro sistema nacional de transporte, que debe pensarse en grandes soluciones que nos vendrían a dar beneficios para muchos años y para muchas generaciones. No podemos pretender que en el siglo XXI nos conformemos con un sistema de transporte de principios del siglo XX; es evidente que el crecimiento nos ha desbordado en forma tal que en poco tiempo transitar por el país será extremadamente difícil, porque nadie se detiene a pensar que Guatemala necesita de sistemas de transporte colectivo eficientes y a costo razonable que permitan superar esa aglomeración que ya nos asfixia y que sólo puede ir en aumento a falta de políticas inteligentes para enfrentar el problema.
El costo de los combustibles se convierte ahora en acicate para buscar no sólo nuevas formas de energía, sino también acciones que se traduzcan en ahorro y qué mejor que dotar a las áreas urbanas de un eficiente sistema de transporte colectivo. Por supuesto que ello demanda una fuerte inversión que puede parecer descomunal para el tamaño de nuestros recursos, pero resulta que no hay otra salida.
Los países que han logrado avanzar en el desarrollo han tenido que pasar por una etapa en la que se forzó a la población a contribuir equitativa y justamente con sus aportes para financiar la infraestructura y para invertir en el desarrollo humano que, al sumarse, se traducen en potencial de crecimiento económico y bienestar. Mientras los guatemaltecos sigamos pensando con la mente pichicata de regatear nuestro aporte fiscal, no podemos aspirar a mucho para construir esos grandes remedios que no se alcanzan con cascaritas de huevo.
Por ello cuando el Gobierno habló de un proyecto para motivar la solidaridad entre los habitantes del país tocó una de las fibras principales, pero hasta el momento todo queda en un enunciado de buena intención sin que exista nada concreto que indique avances en esa dirección. Se nos vienen días muy duros y si cada quien trata de pasar la crisis en el marco de ese individualismo tipo azadón que impone, además tapaojos para que no nos ocupemos de nuestro entorno sino simplemente veamos el derecho de nuestra nariz. En época de grandes males debemos ver para todos lados pero, sobre todo, actuar con extrema solidaridad y así seguramente que podremos encontrar los grandes remedios.
Y el tema del transporte colectivo es ahora un reto enorme. Un reto que, por supuesto, ya desbordó la capacidad del Municipio y que recae en el Gobierno porque es problema de Estado. En vez de más subsidios, invirtamos en crear el nuevo sistema y aportemos todos en algo que nos ha de beneficiar directa o indirectamente.