Me encuentro a 137 kilómetros de Brasilia en un pequeño pueblo de calles empedradas, techos de tejas, ventanas y puertas abiertas, sonrisas francas, hombres morenos (muy lindos), comida abundante y exquisita (al menos para el turista), bebidas libres y con nombres exóticos, eróticos y estrambóticos (como los diseños de Kimberly de las Estrellas de la Línea) y un grupo de amigas y amigos latinoamericanos sencillos, concientes (menos en las noches) y consecuentes con sus ideales, sus sueños y a veces con sus pesadillas.
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Y de pronto estas (pesadillas) se traducen salpicadas por el Río de las Almas en un idioma ahora universal, catalogado en portuñol y carcajadas, mientras el vaho místico de la ciudad se cuela entre un grupo de rezadores de cuaresma, turistas incrédulos y compradores de souvenirs esotéricos.
Esta ciudad a la cual llegué entre paisajes verdes y casas de adobe, que me recordaban todo el camino a mi bello y a veces horrendo país, me permitió escaparme, momentáneamente claro, de una inmensa tristeza, de una separación filial que el océano marcó en estos días lluviosos en el sur del continente, días entristecidos como yo, aunque ahora no los sienta tanto gracias al calor de esta gente maravillosa.
Gente que me invita a contarles lo lindo que es mi país y sus habitantes, lo inmensa que es su historia y sus tradiciones, parecidas en mucho a las de las tierras de ellos.
Pero de pronto, cuando el silencio de la noche me recuerda lo que ocurre allá en la corona de la América Central, lo veo horrendo, lo veo vacío, porque la pobreza, la violencia y la prepotencia empujan a las personas a marcharse, a buscar horizontes distintos, lunas nuevas, sabores nuevos y nuevos cariños.
Ahora lo pienso y no lo siento tanto, pero al volver voy a hundirme en la tristeza, cuando la ausencia se sienta, cuando el recuerdo me acompañe y busque insistentemente olores, palabras e imágenes.
Me encuentro a miles de kilómetros de distancia abrazada por la magia de esta ciudad de ensueño, pero estoy triste, muy triste, temiendo el regreso.