Frente a las diversas ideas que se barajan para reducir el impacto del alza del petróleo en la economía nacional, pienso que lo más importante, desde el punto de vista del país, es impulsar políticas eficaces para reducir el consumo tanto de combustibles para el transporte como de electricidad para bajar así la ya demasiado alta factura petrolera. La idea de reducir o suprimir temporalmente el cargo de algunos impuestos a los carburantes para beneficio del automovilista y de los empresarios dedicados al transporte de personas y de carga, es un tema delicado porque una acción de ese tipo no sólo tendría consecuencias fiscales importantes, sino que además estimularía un mayor consumo.
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Por supuesto que todos sentiríamos el beneficio directo si hubiera algún mecanismo para reducir el precio de los combustibles en las bombas, sea porque los importadores redujeran sus márgenes de ganancia o porque el Estado decide sacrificar sus ingresos fiscales, pero si ello se traduce en mayor consumo, el daño para el país puede ser demasiado alto porque cubrir el monto de la ya muy elevada factura petrolera tendrá tarde o temprano implicaciones serias en la economía del país.
Si se piensa en esa política fiscal de reducción de impuestos, debiera limitarse a productos de mayor impacto social, como podrían ser el diésel y la gasolina regular, en todo caso. Pero el Estado tiene que impulsar políticas de ahorro, además de implementar acciones para promover la generación eléctrica con fuentes que no consuman combustibles fósiles. La energía hidráulica requiere de mayores inversiones para la construcción de las plantas, pero su operación se vuelve muchísimo más barata y lo mismo puede decirse de fuentes como la geotermia y el aire. Al fin y al cabo, tenemos que entender que no estamos frente a una crisis pasajera de precios del petróleo, sino de una condición resultante del carácter perecedero de esa fuente de energía y eso hará que conforme aumente la demanda y se vayan utilizando las reservas mundiales en yacimientos todavía no explotados, el precio tenderá a seguir alto.
Uno de los grandes incentivos para el ahorro es, sin duda alguna, el alto precio del combustible porque nada impulsa más al uso racional de un producto que su elevado precio. Tenemos la tendencia a que lo que no cuesta lo hacemos fiesta, como reza el refrán, mientras que cuando adquirir algún bien nos cuesta un ojo de la cara, por no decir otra cosa, todos tratamos de hacer un uso más racional.
El tan postergado escalonamiento de horarios para aliviar las presiones del tráfico debiera ser un objetivo inmediato dentro de las políticas para buscar ahorro. Si diluimos la actual hora pico de transporte, escalonando los ingresos por actividades desde las siete de la mañana hasta las diez horas, se evitarán congestionamientos que consumen enormes cantidades de carburante porque los carros gastan mucho cuando están detenidos o cuando circulan a muy baja velocidad.
Siempre se ha dicho que las crisis son madres del ingenio y es momento en que la sociedad lo demuestre. Y por supuesto hace falta que el Gobierno tome iniciativas importantes, coordinando con otras instituciones, para buscar por todos los medios mecanismos que promuevan el ahorro. Ese ahorro, además, cada vez será más importante para la población, agobiada por el alza en todos los precios.