Lazare Ponticelli, último sobreviviente de los 8,5 millones de franceses que combatieron en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), murió ayer a la edad de 110 años, anunció la Presidencia de la República.
Con Ponticelli, que había nacido en Italia el 7 de diciembre de 1897, desaparece el último testigo francés directo de la Gran Guerra, que causó 10 millones de muertos en Europa, aunque muchas de las víctimas eran soldados traídos a los campos de batalla desde Marruecos, Senegal, Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda.
Lazare Ponticelli falleció ayer a las 12H45 (11H45 GMT) en la casa de su hija en Kremlin Bicetre (suburbios de París), precisó la secretaría de Estado de Ex Combatientes.
Aún quedan en el mundo ocho ex combatientes de ese conflicto, según los cálculos realizados por Frédéric Mathieu, creador del sitio Internet Dersdesders (acrónimo francés por los últimos veteranos de la que se suponía iba a ser la última gran guerra): tres británicos, dos italianos, un estadounidense, un ex soldado del ejército austro-húngaro y un turco que en aquel momento combatió en las fuerzas del imperio otomano.
Los ocho sobrevivientes son los últimos testigos del infierno de las trincheras, símbolo de la Primera Guerra, difícilmente imaginable en la actualidad, con sus combates esporádicos, los ataques con gas, los bombardeos de artillería cada vez más violentos, los ataques con lanzallamas y, sobre todo, el terror presente y constante de la muerte en esta primera gran masacre a nivel industrial.
Las trincheras, a menudo realizadas aprovechando los cráteres dejados por los obuses y comunicadas por zanjas cavadas por los soldados, eran el escenario del horror y la espera de la muerte en cualquier momento.
A pesar del terror, los piojos, las ratas, el barro, el frío y los cadáveres que se descomponían junto a los combatientes cuando no podían ser enterrados, las trincheras eran un mundo de solidaridad y camaradería en el que trataban de apoyarse unos a otros con bromas, canciones o las cartas familiares.
El tiempo de presencia de los soldados en las trincheras –si no morían o eran heridos de gravedad– era de un mes, antes del relevo que les permitía volver a la retaguardia y poder así disfrutar de una comida caliente y dormir en un lugar seco.
La ocupación del tiempo era siempre la misma. Durante el día, dormían o se reposaban. Las actividades a campo descubierto eran nulas o muy limitadas por razones de seguridad, ya que los francotiradores disparaban contra todo aquel que se aventuraba a dejar la protección de la trinchera.
Durante la noche, las tropas aprovechaban la obscuridad para transportar municiones y provisiones a través de la red de corredores entre las trincheras.
Una vez que las actividades nocturnas terminaban, los soldados volvían a sus posiciones esperando el amanecer, el momento en que habitualmente se realizaban los bombardeos de artillería como preparación de los ataques de la infantería.
Durante mucho tiempo, los que sobrevivieron a ese infierno tuvieron grandes dificultades para hablar de ello. Algunos, terriblemente mutilados, perdieron la razón.
Con 1,4 millones de soldados muertos, Francia es uno de los países que pagó el mayor tributo de sangre en ese conflicto que tuvo un promedio de 900 víctimas por día durante los 51 meses que duraron las hostilidades entre el 1 de agosto de 1914 y el 11 de noviembre de 1918 y en el que participaron 19 naciones sin contar las colonias.
Esa cantidad de bajas significó para Francia una verdadera catástrofe demográfica y social de la cual no había conseguido reponerse al estallar la Segunda Guerra Mundial, dos décadas más tarde, en 1939.
Además de las víctimas fatales, hubo tres millones de heridos, un millón de los cuales inválidos, amputados o con graves secuelas respiratorias por efectos de los gases de combate, y también los llamados popularmente «cara destrozada», que con su rostro desfigurado quedaron en la memoria de Francia como terrible testimonio del conflicto.
Primer gran conflicto de la época contemporánea, la Primera Guerra Mundial, en la que participaron 19 naciones dejó unos 10 millones de muertos y 20 millones de heridos.
Guerra de posiciones durante buena parte del conflicto, ese enfrentamiento en el corazón de Europa provocó relativamente pocas víctimas civiles, por lo que las bajas fueron en su mayor parte soldados.
En Francia, al final de la guerra se contabilizan alrededor de 1,4 millones de muertos, 63.000 de los cuales eran tropas coloniales del Imperio.
La pérdidas representan 17% de los 8,7 millones de soldados movilizados y 28% de los 5 millones de los que combatieron contra las tropas alemanas.
A esos muertos hay que agregar unos 3 millones de heridos, de los cuales un millón de inválidos y 15.000 mutilados del rostro, que será la imagen horrible que durante años recordará a los franceses el horror de la guerra.
El balance de pérdidas humanas fue aún más importante en Alemania y Rusia.
En cuatro años de conflicto murieron 1.900.000 alemanes. El principal aliado de Alemania, el imperio Austro-Húngaro contabilizó por su parte más o menos un millón de muertos.
Rusia, que salió de la guerra antes del armisticio final tras un acuerdo de alto el fuego firmado a fines de 1917 entre Alemania y el poder de los Soviets, perdió 1.700.000 hombres.
Principal alidado de Francia junto a Rusia, Gran Bretaña contabilizó 760.000 muertos al terminar la guerra. Las fuerzas británicas registraron el mayor número de bajas en 1916, durante la batalla de la Somme, con 500.000 muertos, heridos o desaparecidos.
Italia, otra aliada de Francia perdió 650.000 hombres y Estados Unidos, último país que entró a la guerra en abril de 1917, registró 115.000 muertos.