El mundo aburrido


El mundo es cada vez más aburrido, dicen algunos. Y no sólo más aburrido, pensarí­a, sino más complicado, difí­cil y a veces tormentoso. La técnica es cierto que ha ayudado a hacer la vida más «fácil», pero al mismo tiempo nos la ha complicado. De poco han servido los celulares, la televisión e Internet porque la humanidad padece de una especie de vocación al aburrimiento.

Eduardo Blandón

Por eso es que tienen tanto impacto las drogas: el alcohol, la marihuana, la cocaí­na y hasta el café y la Coca Cola. Definitivamente el aburrimiento vital que llevamos hace que tengamos necesidad de apoyos externos que nos ayude a vivir en otra dimensión, alejados de un mundo abrumador y pesado. Claro, hay drogas más «soft» y aceptadas socialmente: el vino, el café o el té, pero todas tienen el claro propósito de provocar en nosotros algún cambio para sentirnos mejor.

Esto no es una apologí­a de las drogas, no es una invitación a su consumo, sino la constatación de la urgencia siempre perenne en los seres humanos de algo que permita despegar del malvado mundo. La tradición cristiana, los budistas y muchas otras religiones también tienen sus drogas para aislarse. Eso es precisamente lo que provoca la oración, la meditación y hasta encuentros extraordinarios de esos seres con sus dioses. O dí­game usted si Santo Tomás no estaba enajenado, drogado o poseí­do cuando dijo haber tenido una «visión beatí­fica» de Dios y dejó de escribir la «summa theologica».

También la religión tiene sus propios modos y técnicas para despegar y vivir otra realidad. Claro, dirá usted, en todo caso se trata de una forma sana, permitida y socialmente bien vista. Está bien, respondo, pero a los dos los mueve el mismo deseo, alejarse de este mundo cruel, trascenderlo, escaparse y huir para tener momentos de más paz y sosiego. Los dos son drogadictos aunque el contenido de la droga sea diferente.

El punto es, como decí­a arriba, que el mundo no nos satisface y nos fastidia, por eso anhelamos otras experiencias. Hay drogas mucho más «light» y casi imperceptibles por la mayorí­a como por ejemplo el de aquél que trabaja como bestia y huye de su hogar para no ver ni a su esposa ni a sus hijos. El trabajo es una droga perfecta para no pensar ni reflexionar en temas que nos complicarí­an la vida: su sentido, la muerte, el dolor, la felicidad, la responsabilidad, el amor, etc. Huir es el imperativo del trabajólico, se refugia en la cotidianidad, en los horarios, en la eficiencia y así­… vive «contento» al no tener que pensar. Porque todos sabemos que eso de pensar es problemático, ¿no?

Lo paradójico de todo es que aun y cuando la vida se experimente de manera agónica, pocos estarí­an dispuestos a morir. Es más, casi nadie quiere morir. Por eso tanto esfuerzo de los cientí­ficos por prolongar la vida, alargar la juventud y volvernos casi eternos. Dí­game usted, ¿Si la vida es aburrida y pesada, complicada, para qué queremos vivir más? ¿Cree usted que valga la pena vivir 200 o 300 años? ¿La muerte no será más bien el remedio perfecto para la enfermedad con la que nacemos?

La muerte más bien deberí­a celebrarse cuando llegado el momento, por enfermedad que permita mucho sufrimiento y la vejez (por ejemplo), toca a la puerta. Eso es darle gracias a Dios porque, como dicen los cristianos, quienes padecen sufrimientos «pasan a mejor vida». Llega un momento en que ya ni las drogas hacen efecto al cansancio de vivir, es ahí­ cuando tiene sentido recibir con alegrí­a (la última que nos queda) a la «hermana muerte». Entonces, ahora sí­, el aburrimiento llega a su fin y las drogas pierden todo sentido.