Los de abajo


En todo el mundo, los comentarios y las noticias obligadas han girado alrededor de la anunciada renuncia del comandante Fidel Castro a ninguno de los cargos que hasta el momento habí­a ostentado: ni Presidente del Consejo de Estado, ni consecuentemente Comandante en Jefe. A partir de ese momento, unos celebran, otros se lamentan. Solamente en Cuba, el paí­s en el que se producen los hechos, la vida sigue su curso normal. A pesar de que hará unos cuantos años, pensar en la muerte de Fidel o su separación del poder, representaba para la mayorí­a de los cubanos algo no solamente impensable, sino preocupante, la forma en que los sucesos del deterioro de su salud y el gradual abandono de la dirección del gobierno fueron siendo manejados, por él mismo y por la cúpula polí­tica de la isla. De esta manera, el pueblo no solamente se fue acostumbrando a que la presencia fí­sica de Fidel no fuese necesaria, sino que transmití­an su confianza al equipo que continuarí­a su obra, con el añadido de su consejo y asesorí­a, la cual hoy, solicitado por el nuevo presidente, sigue siendo de vital importancia.

Carlos E. Wer

Pero, independientemente de los sucesos polí­ticos que suceden en la Patria de Martí­, entre tirios y troyanos se desatan los comentarios acerca de lo que ha representado para la historia de Cuba y del mundo la revolución cubana y sus repercusiones. Ayer, precisamente, en radio Universidad, durante el programa Universidad, Economí­a y Sociedad dirigido por el licenciado Rolando Oliva, se tocaba el tema. Dentro de la charla, en la que intervinieran varias personas que se comunicaran telefónicamente, reflejaron por un lado las opiniones de aquellos que sin mayor conocimiento han sido influidos por los años de acoso mediático y de otros, que con mayor preparación tienen argumentos suficientes para discernir lo alcanzado por la revolución cubana hasta el dí­a de hoy y los problemas que ha atravesado y aún atraviesa, como parte del permanente bloqueo que ha sufrido por parte del imperio.

Ello me llevó a recordar las reacciones que hará un tiempo tuvieran un grupo de personas de ascendencia maya, a una charla que mantuviera con ellas, al relatarles las conquistas que se habí­an logrado luego del triunfo de los hombres de la Sierra Maestra. Su sorpresa era mayúscula al escuchar que el «médico de familia» visitaba cada persona de su área, en su propia casa, con la finalidad de chequear la salud de sus miembros… y ello, en forma gratuita. Para un pueblo, al que el acceso de salud le es prácticamente negado. Para el que luego del milagro de la atención médica, va acompañado de una receta a la que es posible que nunca se pueda llegar a comprar, dado el altí­simo valor de las medicinas, la noticia cobraba una lógica sorpresa. Ella era complementada con otra de las grandes dificultades de la población más pobre del paí­s: la educación. El saber que en ese paí­s hermano, que además cuenta con casi la misma extensión territorial e idéntica población, la educación de calidad, no solamente no era privilegio de los sectores económicamente pudientes, sino que estaba al alcance de toda la población aún hasta el grado universitario y más? y en forma gratuita, importando solamente el rendimiento del alumno, aumentaba la sorpresa (o incredulidad) de la audiencia.

Una población mayoritaria, que ha sido tradicionalmente marginada. Una población que se debate entre la pobreza y la miseria. A la que, constantemente se destruye su autoestima al calificarles discriminatoriamente como «indios» y consecuentemente «inferiores», no podí­a creer que trece millones de cubanos tengan garantizados tres tiempos de comida. Sin distingos y sin exclusiones. Y de ellos, los niños menores de siete años puedan contar para su normal y saludable crecimiento con un litro de leche diario, era sorprendente. La plática continuó con algunas otras informaciones acerca del proceso revolucionario que ocurrí­a en ese paí­s. Una mujer, la que a pesar de no tener educación formal, más que los necesarios para leer y escribir (aún con dificultad por la falta de práctica) influenciada indiscutiblemente por los ataques frecuentes en los centros religiosos, se animó a comentar… «entonces el comunismo no es malo».

Muchas veces, al salir del área en la que resido, puedo observar «un mundo» de jóvenes (la mayorí­a), que corriendo se acercan a la maquila en la que trabajan. Al ver sus rostros la misma pregunta me asalta una y otra vez? ¿Es posible que nuestra Guatemala pueda alguna vez alcanzar niveles de desarrollo y con él una mejor calidad de vida, cuando sus jóvenes son obligados al trabajo por necesidad, sin posibilidades de estudio? ¿Quién se educa en Guatemala, cuando solamente un í­nfimo porcentaje de la población joven tiene acceso a educación superior?

Pienso al ver la cantidad, también mayoritaria de mujeres, ¿Cuántas de ellas son madres?, quizá madres solteras. ¿Con quién quedarán sus niños? Y si alguno de ellos está enfermo ¿Quién y con qué podrán llevarlo a que sea atendido? Quienes por ignorancia, o porque su condición económica es lo suficientemente sólida para no necesitarlo, desconocen lo que es un hospital estatal, deberí­an acercarse para ver la cantidad de PERSONAS tiradas en el suelo que esperan atención. Las futuras madres en el materno del IGSS deben esperar con paciencia, aún cuando muchas veces sus dolores arrecian, a que a los médicos y enfermeras (sin generalizar), tengan un ápice de solidaridad humana y de sentido de lo que su profesión o trabajo representa.

Cuando vemos, en las noticias de hoy mismo en elPeriódico que los «padrotes de la Patria» se recetan un seguro de vida que le cuesta al pueblo, ese mismo pueblo que no encuentra medicinas en los hospitales estatales, tres millones cien mil quetzales anuales, creen ustedes que se animarí­an a ser diputados en un paí­s como Cuba en la que no devengan ningún salario.

Quizá solamente sean algunas de las razones por las cuales el personaje que ha dado que hablar en los últimos dí­as en todo el mundo, vaya a ser recordado. Por la entrega absoluta a construir en su paí­s, una revolución en la que se ha privilegiado al ser humano. Un paí­s en el que «los de abajo» asumieron el papel de dignidad humana que muchas de las «democracias» les han negado.