Esperada por la mayoría, sorpresiva para otros, la creciente tensión que se registra en los Balcanes tras la declaración de independencia de Kosovo y la reacción de Serbia abre un interrogante sobre el futuro de la región y su perspectiva europea.
Rusia, aliada de Serbia, elevó el tono ayer y amenazó con utilizar la «fuerza» si las potencias occidentales desafían a la ONU sobre la cuestión de Kosovo, que divide a la comunidad internacional.
Cinco días después de que el parlamento kosovar autoproclamara la independencia, Estados Unidos, cuatro potencias europeas (Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia) y otra docena de países han reconocido a Kosovo.
En cambio, nueve naciones, entre los que figuran Serbia y Rusia y otros tres países de la Unión Europea, como España, son desfavorables a esta independencia que califican de ilegal desde el punto de vista del derecho internacional.
«La declaración de independencia no es nada, será después cuando empiecen las dificultades», había advertido el ministro sueco de Relaciones Exteriores, Carl Bildt.
En la misma sintonía, un diplomático europeo había anticipado que los primeros días luego de la proclamación unilateral de independencia de la provincia separatista serbia serían tensos, aunque nadie es capaz de decir si lo ocurrido hasta el momento está dentro de lo previsto.
A la quema de puestos fronterizos entre Kosovo y Serbia por grupos de serbios a principios de semana, se sumó el jueves una masiva manifestación en Belgrado y el posterior ataque de nacionalistas encolerizados contra la embajada estadounidense en Belgrado, que terminó incendiada.
De su lado, el parlamento de la República Srpska (RS), una de las entidades de la vecina Bosnia-Herzegovina, hundió en la incertidumbre a ese país al proclamar que los serbobosnios tendrían «derecho» a la secesión si la ONU y una mayoría de países de la Unión Europea reconocían la independencia de Kosovo.
La RS compone junto con la Federación Croato-musulmana a la Bosnia que surgió de la guerra que devastó a esta ex república yugoslava entre 1992-1995, y los serbobosnios jamás han ocultado su deseo de anexarse con Serbia.
Para la UE, cuyo principal objetivo ha sido siempre pacificar a la región a través de su desarrollo económico, la tarea es colosal ya que apoya al nuevo Estado kosovar con una gran misión policial y judicial, pero al mismo tiempo no quiere aislar a Serbia.
Tras lo ocurrido en Belgrado y la declaración del parlamento de la República Srpska, la UE quiere esforzarse para «limitar los daños» y evitar un contagio de la violencia al resto de la región, empezando por la frágil Bosnia-Herzegovina, señaló un diplomático.
Si la UE apuesta a que los serbios terminen por dejar atrás su ira y restablezcan relaciones con los kosovares, como indicó un alto responsable en Brúselas, también es cierto que el bloque no tiene la «barita mágica» para apoyar el campo pro-europeo en Serbia.
A pesar de que los europeos buscan mostrarse pacientes a todo precio, el Alto Representante de la UE para la Política Exterior, Javier Solana, anunció ayer que las negociaciones sobre el acuerdo de asociación entre Serbia y el bloque no se reanudarían a causa de este clima de violencia.
Carl Bildt
Canciller sueco