El fin de una era. Así han titulado algunos periódicos del mundo la tan comentada noticia de la renuncia de Fidel Castro al poder ejercido por tantos años. Pero, la afirmación no es del todo clara y, quizá, hasta amerite algunas precisiones y cuestionamientos de más.
¿Fin de una era? Eso lo tendrá que decir el tiempo. Más bien se trata, con más precisión, del fin del gobierno de Castro, pero no el de la era fundada por él mismo. La semilla está plantada y los frutos habrá que ver si se producen o no. Cuba no me parece un país «típico» de esos que loquean a la muerte de su gobernante, por años ese pueblo ha demostrado ser diferente y ha roto con los paradigmas típicos a los que nos tienen acostumbrados las naciones del mundo.
La gente pasa, pero las ideas quedan y más aún en países en los que la presencia de una ideología ha sido permanente y constante. Los países de corte socialista han sido la mejor evidencia. Las ideas de justicia, solidaridad, libertad, autodeterminación de los pueblos y dignidad han quedado en el imaginario de la población y, por más que un nuevo sistema llegue con un «renovado» discurso, la semilla socialista queda sembrada en el corazón de la población.
Pensar, entonces, que la muerte de Fidel pueda cambiar las convicciones profundas del pueblo cubano es una fantasía que sólo pocos pueden imaginar. Algunas cosas, evidentemente pueden generarse: mayor libertad, más apertura e incluso cambios estructurales, pero no sucederá lo mismo con algunos principios que por años han cultivado los cubanos (al menos no en el corto tiempo como algunos quisieran), como la piñatización de las propiedades del Estado, la implantación del capitalismo salvaje, el libre acceso a la educación y a la salud y tantas otras cosas más. Pasarán muchos años, como dice la canción, para que Cuba venda sus principios al mejor postor.
Tengo la impresión que Cuba tiene un capital humano invertido que durará por mucho tiempo y superará por generaciones la muerte de Fidel Castro. Y no me refiero sólo al capital intelectual con que cuentan los habitantes de la isla, sino también a la madurez humana que han alcanzado durante años. Los cubanos han madurado mucho más que otros pueblos no sólo por las características propias de sus habitantes, sino también por el acrisolamiento obtenido por la adversidad. Eso los ha conducido a un tipo de hombre (y mujer) diferente, «atípico» y con horizontes mucho más halagí¼eños que otras naciones del mundo.
Los cubanos han tenido la suerte (con las desventajas que puede significar también) de no haberse expuesto a la contaminación humana producto de una globalización que no privilegia el crecimiento humano, sino más bien lo contrario, su empobrecimiento. Así, al habitar en una isla, más o menos aislados, han tenido la fortuna de no manejar las categorías inhumanas de un mundo perverso construido por los que privilegian el negocio y el mercado por encima y en detrimento de lo humano. Por esa razón los habitantes de ese país suelen parecernos extraterrestres y tenemos dificultad en comprenderlos por nuestras categorías fundamentalistas y unidireccionales.
¿Fin de una era? No lo creo. En Cuba las cosas apenas empiezan y para infortunio de los agoreros, algunos elementos del modelo cubano siguen dispersándose por el mundo y teniendo una vitalidad que late en el corazón de los habitantes del planeta. Sólo es cuestión de tiempo para su actualización.