Siempre hay tiempo para quitarse a vida, pero las celebraciones navideñas y de Año Nuevo son tiempos mejores, igual que las fiestas del Día del Cariño. En estos días algunos suelen ponerse melancólicos y nostálgicos, añoran el pasado y en la soledad, antes de dormir o en la antesala de levantarse de la cama, empiezan a repasar los antiguos amores y se ponen tristes. Yo me doy cuenta irremediablemente porque los amigos, que suelen seguir considerándome como cura, me cuentan sus cuitas.
El otro día una señorita, de esas que me mira como amigo cuando yo siempre he aspirado a otra cosa, me contaba sus desgracias en el amor. Me toma como su confesor y yo, que sé cuál es la pose que le gusta, la escucho silencioso, vuelvo a mis días de director de almas, me pongo el alba y la estola, y a darle consejos. Es un tormento porque cuando me cuenta sus padecimientos se echa a llorar en mi hombro, me abraza y me dice que está enamorada y que le diga qué hacer (como si fuera yo un experto en esas cosas). Yo, ni qué decir, tengo que actuar según la teatralidad que exige el momento, con la pureza respectiva y los consejos «sabios».
Estos días son para algunos jóvenes -y no tan jóvenes- días de alegría, pero para otros (quizá una minoría si quiere) períodos de turbación. El amor está en el aire y el corazoncito no se resigna a estar solo. ¿De qué sirve tener tanto si no tengo con quien compartirlo?, me dijo sugestivamente el otro día una señora que andaba por las cinco décadas. Y es cierto, el corazón siempre tiene que estar ocupado so pena de pasar mal la vida. Hemos nacido para amar y nuestro corazón, como diría san Agustín, se encuentra inquieto mientras no repose tranquilo en otro amor.
Esta necesidad de pasión, hasta donde yo sé, no se agota. A menudo somos mendigos de amor, lo pedimos, lo urgimos y lo suplicamos. El problema es que no siempre tiene uno la correspondencia que quisiera. A veces llega a nuestra vida ese que no queremos: el flaco, el feo, el tosco, el bruto, el fracasado y con pocos talentos. Así la espera se vuelve larga, angustiosa y casi eterna. Protestamos al cielo por tanta inmisericordia y colgamos santos de cabeza, hacemos oraciones, vamos a la iglesia, pero con suerte nos sale un traumado hablándonos de pecado, perversión, impureza, y así, con tantos complejos, terminan matándonos la ilusión.
Es una fortuna enorme tropezar con el verdadero amor. Pero a veces uno ama y no es correspondido. Uno se dice: «esa es la que yo quisiera. Ella está para mí. Tiene los términos de referencia que desde los 12 años descubrí». Pero, vaya sorpresa, nosotros no estamos al nivel de sus aspiraciones. Somos uno más para ella, a lo sumo simpáticos, buena gente, encantadores, amables, pero nunca para hacer pareja con nosotros. Así me dijo una amiga un día: «Mira, tú me pareces un muchacho bueno, eso que hayas sido cura te da un toque interesante, pero contigo no podría hacer nada, me incomoda la idea de hacer el amor con alguien que ha estado sirviendo a Dios desde un altar». Mejor, le contesté, eso quizá hasta le dé un toque de originalidad a lo nuestro. «No, me dijo, contigo gano más como amigo». Así se han arruinado muchas de mis relaciones y por eso es que a veces es mejor pasar desapercibido y que la gente ignore nuestro pasado, pero, como me dijo un amigo: «A los curas y a los chafas se les reconoce a leguas».
La vida es un poco así, pero no hay que desanimarse, no hay porqué buscar una pistola o una soga para estos días de ternura al por mayor. Tengamos paciencia que tarde o temprano aparecerá ese amor que transforme nuestras vidas y nos haga ver el mundo de otro color. Ese día puede estar a la vuelta de la esquina.