Qué grata sensación que produce releer la publicación que recopila una selección de Urnas del Tiempo, cuya autoría es de don León Aguilera, de quien el aeda Alberto Velásquez dice ser «un poeta de afinada sensibilidad, tan a flor de piel que a veces culmina en hiperestesia». Ambos inspirados y favorecidos por las musas.
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De la sección Rumor del Diario Vivir, escojo su urna: Angustia de Envejecer, del todo motivante, propicia para la reflexión y su reconocimiento de arribar a dicha etapa enriquecedora. En síntesis la vejez llega a su tiempo justo biológicamente cuando hemos traspasado niñez, adolescencia y juventud.
A propósito en el Eclesiastés, también encontramos razonamientos que nos hacen darle sitio bienvenido a cada momento del tiempo, un corcel galopante insofrenable. Y señala este libro con enorme sabiduría: «para todo hay un tiempo», subrayando uno a uno diversas circunstancias valederas.
Empero el políglota don León Aguilera mediante ejemplos reales afirma el caso, entre otros el del notado poeta D`Anuncio que prometió suicidarse al alcanzar los 45 años. Sin embargo, cumplido ese nivel prefirió continuar viviendo más distante de la setentena, al encontrarle gusto especial.
En las diversas etapas camino a la adultez mayor, igual diversas generaciones de mortales, pertenecientes a culturas distintas y nacionalidades, existe por lo visto una tendencia manifiesta, la de sentir angustia verdadera de envejecer. Desearían ser réplica acaso del personaje Dorian Grey.
Y ello obedece sin duda alguna a hechos reales, del dominio público, referidos precisamente a la discriminación, situaciones despectivas hacia personas en edad senil. Nuestro medio es un indicador patente de tan reprobable expresión conductual de grupos poblacionales, a la postre manipulados.
No reparan, por cierto inconscientemente en algo firme, innegable, como representa el hecho que la vejez endosa suficiente experiencia puesta en práctica dondequiera. Y la misma, digan lo que digan sobre el particular, imposible viene a ser adquirirla en el comercio, parte del consumismo imperante.
Lejos de eso hasta términos despectivos utilizan personas con un entusiasmo febril, creyentes que tendrán eterna juventud, en medio de fantasías y a veces en el papel paranoico. La vida continúa su marcha y entonces si es práctico, jamás se puede sentir angustia por envejecer.
Qué sabios renglones que traza don León cuando enfatiza: «la vida siempre es breve, fugaz. No es ni larga ni corta. Será lo que un árbol crece, crece, ofrece sus flores y sus frutos. Una ancianidad cargada de dorados frutos es el horizonte que debe halagar las pugnas y los esfuerzos de la más temprana juventud».
Dentro de los calificativos, mitad con la intención de expresarlos en forma por demás literaria, no hiriente ni mal intencionada, valga la redundancia, encontramos el de compararlo con los dinosaurios. Mitad complementaria resultaba el otro que sin escrúpulos tampoco sensibilidad, lo aplican a semejanza de antediluviano.
Como quiera que sea y no proseguir en tales disquisiciones hay que decir que a la vejez puede llegarse con serenidad, confianza en sí mismo, sabedores en dos vías: que así culminan las anteriores etapas de la vida, en homenaje a la naturaleza; sin desestimar nunca que sólo la mano de Dios determina y decide hasta cuándo levaremos anclas.