Pasan los cucuruchos


Jesús de la Caí­da, del Templo de la aldea San Bartolomé Becerra, de La Antigua Guatemala, en su salida procesional del 2007.

Mario Gilberto González R.*

A la Lic. Irma Fernández, cariñosamente

Paso a paso van en dos filas a la orilla de la acera, los cucuruchos revestidos con su túnica penitencial. Morada para los Nazarenos y negra para los Sepultados. Avanzan a la voz de «anden señores…», y se detienen con una palmadita en la espalda. Sus pisadas son lentas y van en silencio. Portan una linterna para alumbrar la noche nazarena y una lanza para recordar el cruento sacrificio de la crucifixión.


Cuando por las calles santas, históricas y románticas de la bella ciudad de Antigua Guatemala, aparece el primer cucurucho, es porque la ciudad que cuida de su riquí­simo legado cristiano e histórico, vuelve a abrir sus puertas -no sólo de sus casas sino de su corazón? para vivir intensamente su santa y piadosa Cuaresma y Semana Santa.

Si el cucurucho en las calles antigí¼eñas es una expresión del sentimiento religioso, la naturaleza completa esa piadosa manifestación. La jacaranda también se viste de lila y poco a poco su delicado aroma se interna por esas calles benditas. El trébol humilde lo deja escapar cuando se corta en trozos. La chilca y el pino cuando se pisa al paso procesional, el corozo cuando abre su grueso envoltorio y el aserrí­n cuando forma sobre el empedrado, filigranas de colores, convertido en alfombras a cuales más artí­sticas que, además de su belleza, su vida es efí­mera porque tan sólo existe para el paso procesional de la imagen venerada. El incienso se impregna en la túnica y en las paredes y en el ambiente antigí¼eño se respira, durante la cuaresma y Semana Santa, una mezcla de aromas exquisitos.

La túnica es un sí­mbolo de la devoción antigí¼eña. Se guarda con esmero al correr de un año, al igual que la linterna, la lanza y el incensario. Previo a la procesión, la túnica se ventila y se aplancha para que luzca penitencial, los demás objetos se limpian. La linterna para que alumbre, la lanza para que resalte y el incensario para que expulse volutas de humo blanco y aromático.

Las dos filas de penitentes cucuruchos, se desplazan lentamente por calles donde la historia y la leyenda se dan la mano y recuerdan hechos y tiempos lejanos. Llevan a la imagen de su veneración sobre sus hombros, por las mismas calles por donde sus antepasados llevaron las suyas. El cortejo procesional se desplaza lentamente por la Calle de la Amargura, la Calle de la Nobleza, la del Seráfico, el Cuño, la Universidad, de la Justicia, de la Inquisición, de la Bendita Sangre de Cristo, la de ínimas, de la Purí­sima, la de Mercaderes, Calle Ancha de Santa Lucí­a, Calle Ancha de San Jerónimo, Calle Ancha de los Herreros y tantas calles más ?anchas, angostas y callejones? a las que se les borró su nombre antiguo para olvidar su rico pasado.

Es costumbre muy respetuosa que tanto para la salida de la venerada imagen como al momento de su retorno, los cucuruchos y los fieles, hincan su rodilla en tierra mientras que la banda interpreta «La Granadera», que es una marcha de autor anónimo y distintiva de las procesiones antigí¼eñas. Lo mismo sucede cuando las Imágenes del Nazareno y de Marí­a Santí­sima de los Dolores o de Soledad, se despiden de la ciudad, al cruzar los puentes o la calle que los conduce a su aldea. Es un momento muy triste para el cucurucho. Una lágrima o un suspiro se escapa mientras sus labios temblorosos expresan: «Si Dios quiere… hasta el año entrante…»

Los cucuruchos esperan con emoción, el momento del turno para llevar sobre sus hombros a la imagen de su devoción en sus andas procesionales artí­sticamente ornamentadas con mensajes bí­blicos, pasionarios o imaginarios. La mecen al compás de una sentida marcha fúnebre y se detienen sobre una alfombra de aserrí­n de colores o de flores que el antigí¼eño elabora con devoción en grupo familiar o de amistad vecinal.

La procesión solemne y majestuosa, se abre con la cruz de guí­a. Le sigue el tamborero que entona una corta escala musical, original y muy propia de la Semana Santa Antigí¼eña y que por su singularidad, se ha extendido a procesiones de otras regiones del paí­s, al igual que sus inigualables alfombras. Los sayones llevan los pergaminos que recuerdan pasajes de la Sentencia Condenatoria, Las Siete Palabras y los Siete Dolores de Marí­a Santí­sima. En andas, los arcángeles portan las insignias de la pasión y en imágenes de bulto se representan escenas como el arrepentimiento de San Pedro, La Verónica que limpia el ensangrentado rostro, la afrenta de la flagelación y los catorce pasos del Ví­a Ví­a en una maravillosa plástica pedagógica.

A los nazarenos les acompaña Marí­a Santí­sima de los Dolores, San Juan y Marí­a Magdalena. También Marí­a Cleofás, Marí­a Marta y Marí­a Salomé, en esculturas bellí­simas salidas de las manos de los insignes imagineros que enriquecieron con su arte a la ciudad de Santiago de Guatemala. Los Sepultados van en sendas urnas artí­sticas, que son verdaderas joyas de insignes talladores. Les acompañan también: Marí­a Santí­sima de la Soledad, San Juan y Marí­a Magdalena.

Se cierra el cortejo con el conjunto de banda que interpreta sentidas marchas fúnebres. Muchas de ellas originales del pentagrama guatemalense, que alcanzan la categorí­a de clásicas por su estructura musical y por su melodí­a que enternece. «Señor, pequé», de Mons. Joaquí­n Santa Marí­a y Vigil, «La Reseña», de Mónico de León, «Cruz pesada» de Alberto Velásquez Collado, «Una lágrima» de Manuel Moraga, «Santo entierro» de Ramón Grijalva, «Dolor, consuelo y alegrí­a» de Carlos Lattan, y tantas más que cuando se escuchan, arrancan recuerdos, suspiros y alguna lágrima.

Por mi calle, por la tuya, pasan lentamente los cucuruchos en dos filas. Llevan sobre sus hombros a la imagen venerada. Y Antigua Guatemala, esa ciudad que se adentra en lo más profundo del corazón y el antigí¼eño que la vive, vuelve a abrir sus corazones para que el legado de sus antepasados, siga siendo la expresión de su sentimiento religioso y que el cruento sacrificio del humilde Nazareno no sea en vano, sino que sirva de pedagogí­a para un cambio sustancial de vida y que como fue su deseo, en verdad nos amemos los unos a los otros.

Antigua Guatemala es diferente durante su Cuaresma y Semana Santa. Abre un cofre de sorpresas. Para el antigí¼eño ausente, es dolorosa nostalgia revivir en su pensamiento, el paso procesional por esas calles donde quedaron tantos recuerdos inolvidables y quisiera que la luna fuera un espejo grande, muy grande donde se reflejara la procesión en la que, desde niño, vistió su túnica penitencial.

Silencio, porque por mi calle pasan lentamente los cucuruchos… Dicen: «Anden, señores…»

* Ex cronista de la ciudad de Antigua Guatemala