Contexto pone a la UE ante una de sus pruebas más difí­ciles


La gestión de la independencia de Kosovo, último capí­tulo del estallido de la ex Yugoslavia, constituirá una gran prueba de credibilidad para la Unión Europea (UE) y su ambición de desarrollar una polí­tica exterior común en el escenario mundial.


Los desafí­os son varios: la obligación de apoyar durante años al nuevo Estado en los Balcanes, las divisiones persistentes entre los paí­ses miembros de la UE sobre el reconocimiento de la independencia, las tensiones con Rusia y Serbia.

«Si la UE no está en condiciones de administrar un pequeño paí­s (como Kosovo) en su patio trasero, no podrá convertirse en el actor de peso que quiere ser» a nivel internacional, estima Daniel Korski, analista del centro de investigación del Consejo Europeo para Relaciones Exteriores.

Desde hace meses, los dirigentes europeos se esfuerzan en borrar sus divergencias ante la perspectiva de la proclamación de independencia de la provincia serbia de mayorí­a albanesa, que podrí­a tener lugar el domingo.

Con ese objetivo, correponderá a cada paí­s miembro de la UE reconocer al nuevo Estado y decidir cuándo lo hará, ya que el bloque no tiene competencia para ello.

Seis paí­ses, entre ellos España, son hostiles al reconocimiento de esta independencia rechazada por los serbios.

El más reacio es Chipre, que podrí­a incluso no reconocer a Kosovo como Estado, a raí­z del conflicto que vive la isla desde la independencia autoproclamada de la República Turca de Chipre del Norte (RTCN).

España, Grecia, Bulgaria, Rumania y Eslovaquia se oponen, ya sea porque se enfrentan a movimientos separatistas en sus fronteras (Cataluña, Paí­s Vasco en el caso español) o porque tienen buenas relaciones con Serbia.

Los serbios siempre se han negado a perder Kosovo, administrado por la ONU desde 1999, y cuestionan la legalidad de esta independencia con el apoyo de Rusia, que prometió vetar el ingreso del nuevo Estado de los Balcanes a Naciones Unidas.

En cambio, los grandes paí­ses de la UE (Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia) manifestarán su intención de reconocer a Kosovo rápidamente, probablemente en forma simultánea con Estados Unidos, generando un movimiento que deberí­a ser seguido por el resto de los miembros del bloque.

Más allá de esta cuestión del reconocimiento, la UE ha mantenido hasta el momento una relativa cohesión, desoyendo las reiteradas advertencias de Rusia sobre las consecuencias de la independencia de Kosovo para Europa.

«La actitud muy firme de Rusia, que buscaba claramente mantener dividida a la UE, no funcionó», indicó Alain Délétroz, experto del International Crisis Group (ICG).

En ese sentido, todos los paí­ses, con la excepción de Chipre -que se abstuvo sin aplicar su veto-, dieron la semana pasada luz verde jurí­dica al enví­o de una misión de unos 2.000 policí­as y juristas encargados de garantizar el Estado de derecho en los primeros pasos de la independencia de los kosovares.

Luego, llegará lo más duro: garantizar la viabilidad económica de un micro Estado que depende por completo de las inversiones y las ayudas extranjeras para subsistir, y la gestión polí­tica de Serbia, donde los nacionalistas amenazan con alejarse de la UE y estrechar los ví­nculos con Rusia.