Reorientemos nuestra Cancillerí­a


Muy poca o ninguna importancia le han dado los gobiernos anteriores al papel que le corresponde al Ministerio de Relaciones Exteriores en la estrategia del desarrollo y modernización del paí­s, pero hoy, las personas que encabezan esa cartera tienen el desafí­o y la enorme oportunidad de aprovechar esta institución coadyuvando esfuerzos inteligentes en el propósito de lograr avances fundamentales. La realidad está a la vista, es una época diferente, estamos inmersos en un nuevo dinamismo mundial en la cual las economí­as acrecientan con intensidad la interdependencia de bienes, servicios y tecnologí­a entre los paí­ses. La marejada de la globalización impulsada por los Tratados de Libre Comercio y el aumento de las necesidades de nuestra sociedad a causa de la sobrepoblación, son apenas unas de las razones que obliga a que la óptica del Estado se proyecte en función de enfrentar las nuevas realidades.

Guillermo Wilhelm

Por eso es que el Ministerio de Relaciones Exteriores debe visualizarse como uno de los pilares fundamentales del esfuerzo por alcanzar el bienestar de nuestra población. La imprescindible difusión de la oferta exportable, la promoción de Guatemala como destino turí­stico, la transferencia de tecnologí­a, de inversión, la cooperación de paí­ses amigos y la atención a nuestra comunidad radicada en el exterior, obliga a nuestras nuevas autoridades a la implementación de una reingenierí­a y a la readecuación en la función de dicha cartera.

No cabe duda que la próxima reducción en las remesas y las amenazas de las crisis financieras son solamente algunos factores que nos obliga a ser menos complacientes evaluando a nuestros representantes en el exterior en base a resultados por su gestión promocional del paí­s y por la debida atención a nuestra comunidad radicada en el exterior. Esta época demanda en el trabajo de nuestros cónsules y embajadores, con excepción del tema migratorio, una función enmarcada dentro de un concepto gerencial y fundamentada en la persecución de objetivos primordiales. No hay que empantanarse en la retórica, al contrario, comprometámonos y ejecutemos una polí­tica agresiva de promoción, reconvirtiendo embajadas, consulados, en una red de antenas cuyas funciones principales sean también las de detectar oportunidades comerciales en el exterior, seleccionando clientes-meta, apoyando el esfuerzo exportador y eventualmente detectar y canalizar fuentes de inversión. Considero que nuestros representantes también pueden realizar una permanente divulgación de los proyectos de inversión en Guatemala promovidos por el gobierno central (anillo metropolitano, canal seco interoceánico, etc.). En materia turí­stica, considero que la labor central de Cancillerí­a es la de conformar una estrategia conjunta con el Inguat y el sector privado especializado, impulsando un programa agresivo que permita situarnos de manera privilegiada entre la oferta internacional como un paí­s competitivo. No se trata de esperar el «chaparrón» de la crisis financiera y la reducción de las remesas con los brazos cruzados y que vengan hasta acá a comprar nuestros productos. La época en la que nuestros cónsules y embajadores limitaban sus funciones en la comodidad de sus oficinas a la aplicación de los conocimientos de la legislación aduanal y migratoria o en los espacios diplomáticos a los estériles coctelitos, ya debe quedar atrás. El Estado guatemalteco está hoy más que nunca obligado a utilizar todos sus recursos en ví­as de salir del subdesarrollo y alcanzar un nivel de vida más humano en la sociedad. Ahora con un nuevo enfoque en Cancillerí­a tendrí­amos esa gran oportunidad.