A propósito de la elección de magistrados del TSE


Salvando las abismales distancias y a propósito de la próxima elección de los magistrados del Tribunal Supremo Electoral para el próximo perí­odo, les compartiré a mis contados, comprensivos y tolerantes lectores una anécdota personal que se refiere al método de escoger mediante el sistema de exclusión.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Fue a principios de la década de los «60 -del siglo pasado, por supuesto-, cuando recién yo habí­a arribado a la ciudad capital con ánimo de permanencia, interesado en realizar estudios de periodismo en la Universidad de San Carlos, para dedicarme posteriormente a esta actividad.

Inicialmente obtuve el trabajo de vendedor ambulante -«de proyectos» dice ampulosamente mi yerno Iván- de materiales de construcción. Mi experiencia fue un rotundo y sonoro fracaso, de manera que antes de que me echaran por incapaz, puse atención a los anuncios de prensa en los que se informa de plazas disponibles.

Un dí­a de tantos me enteré que en un establecimiento educativo privado -cuyo nombre omito en aras de su buena reputación- requerí­an de un inspector general. Como me habí­a graduado de Maestro de Educación Primaria me presenté a ese colegio portando mi escueta hoja de vida. Currí­culum vital se decí­a en aquella época.

Me asombré cuando me di cuenta que más de 140 muchachos de mi edad y algunos ya rozando o superando los 30 años también aspiraban a la única plaza disponible. No me hice demasiadas esperanzas y retorné a mi labor de vendedor de hierro, ladrillos, clavos y otros materiales similares en obras que se estaban construyendo, casi siempre con resultados nada halagadores.

A los pocos dí­as recibí­ un telegrama del colegio aludido, porque en la casa que alquilaba se carecí­a del servicio telefónico. Me presenté de nuevo al establecimiento escolar. De los ciento y pico de aspirantes quedábamos como 75 aproximadamente. De esos 75 eliminaron a 25 y yo quedé entre los 50 jóvenes con opciones de alcanzar el codiciado empleo.

De esos 50 quedamos 25. Luego, la cantidad se redujo a 15 y más tarde a 10. En otra eliminatoria quedamos cinco, y de esos cinco, dos quedaron fuera y finalmente yo arribé a las finales de tan original competencia, juntamente con otro muchacho, cuyas credenciales escolares superaban con creces a las mí­as, de suerte que aunque habí­a superado a decenas de adversarios, presentí­a que no serí­a yo el afortunado.

Posteriormente me contó el director del establecimiento que cuando entrevistaron a quien competí­a conmigo, ese mi fortuito adversario mostró sus excelentes notas de exámenes y diplomas de magní­fico comportamiento. Cuando llegó mi turno, respondí­ con franqueza a todas las preguntas, porque en medio de todos mis defectos yo habí­a aprendido de mi madre a no mentir, y de esa cuenta le conté al propietario del colegio que todos los grados de magisterio los habí­a ganado raspado y que en lo que respecta a las materias de matemáticas solí­a ayudarme con chivos, porque era enemigo declarado de todo lo que tuviera relación con los números.

Adicionalmente y en atención a las interrogantes del empleador, le conté que casi todos los dí­as me quedaba castigado y que en mi época de internado todos los fines de semana me estaba prohibido salir, como medida disciplinaria, al extremo que al finalizar un año escolar yo debí­a arrestos para el ciclo siguiente.

¡Me contrataron! Contra todos los pronósticos y el sentido común de un maestro sensato, el director y propietario del establecimiento educativo optó por contratar mis servicios «porque usted conoce todas las mañas de los malos estudiantes», me dijo.

He revelado esta tortuosa fase de mis años escolares ahora que mis hijos ya son mayores y ellos mismos tienen qué lidiar con sus descendientes, y, como lo advertí­ al inicio de estos apuntes, a propósito de que aproximadamente 150 abogados aspiran a una de las 10 plazas de magistrados titulares y suplentes del Tribunal Supremo Electoral.

Cae de su peso que la comisión especí­fica que preside el rector Estuardo Gálvez Barrios, de la Universidad de San Carlos, no procederá con el mismo atrabiliario criterio del director del colegio que me contrató, para escoger a 40 candidatos, dentro de los cuales los diputados del Congreso de la República elegirán a los 10 magistrados del TSE, sopesando la calidad, experiencia, honestidad y otros atributos de los aspirantes.

Entre el listado conozco personalmente a varios abogados que se destacan por esas cualidades, y en aras de afianzar el sistema democrático representativo serí­a conveniente que se eligiera magistrados entre los candidatos Mario René Chávez Garcí­a, Américo Cifuentes Rivas, Marta Altolaguirre, Edgar Abel López Sosa, Amí­lcar Solí­s, Roderico Pineda, Adolfo González Rodas, Sergio Lima, Arturo Martí­nez Gálvez, Jorge Luis Borrayo, Gabriel Medrano Valenzuela, Roberto Alejos Vásquez, Crista Ruiz, Francisco Garcí­a Cuyún, Julio Rivera Claverí­a, Carolina de Peralta, Sergio Mijangos, Rodrigo Valladares Molina, es decir, de todas las tendencias ideológicas, pero sin estar afiliados a partidos polí­ticos, y sin menospreciar a los restantes, de quienes sólo tengo notable conocimiento referencial.

(El gí¼izache Romualdo Penalti me comentó que en el juego contra el combinado de Argentina, que goleó a la selección de fútbol de Guatemala 5 a 0, el equipo chapí­n no tení­a lí­nea defensiva sino comité de recepción).