Atrapado en el dí­a a dí­a


Una especie de maldición pesa sobre todos los gobiernos de Guatemala y se traduce en seria incapacidad para planificar el trabajo con visión de largo plazo. La coyuntura, ese dí­a a dí­a cargado de problemas interminables, termina atrapando tarde o temprano a quienes llegan al poder y los anulan de tal forma que todos terminan haciendo el papel de bomberos, corriendo con sirena abierta a apagar los múltiples fuegos que van surgiendo en el panorama.


El presidente ílvaro Colom no ha cumplido aún un mes en el cargo y ya ha experimentado este fenómeno que es tí­pico de nuestra realidad. ¿Cómo puede un mandatario trabajar seriamente en proyectos de largo plazo, en la transformación real del paí­s, si la violencia y el terrorismo que él mismo denuncia no lo dejan respirar? La prioridad número uno ahora del gobierno es frenar el asesinato de pilotos de autobuses urbanos para garantizar a la ciudadaní­a la utilización sin sobresaltos del sistema de transporte colectivo tanto en el área urbana como desde y hacia los departamentos y esa tarea ya adquiere ribetes de enorme magnitud y de reto descomunal.

No digamos la sucesión de secuestros que por razones humanitarias no trascienden a la opinión pública porque se pondrí­a en serio peligro a las ví­ctimas, o el otro terrorismo, el que emprenden personas desconocidas para provocar una corrida bancaria aprovechando la falta de confianza ciudadana en las autoridades encargadas de la supervisión de las operaciones del sistema financiero.

Se dice que cada dí­a trae su propio afán, pero en el caso de los gobernantes guatemaltecos esos afanes son tremendos y absolutamente demandantes, al punto de que se requerirí­a de una gran presencia de espí­ritu y, sobre todo, de un excelente equipo de trabajo para delegar eficientemente las funciones, para que un estadista pueda dedicarle tiempo a trabajar en la transformación profunda que nuestra sociedad viene reclamando desde hace mucho tiempo.

Ningún gobernante llega a aceptar que fue ví­ctima de la coyuntura y de esa captura que de ellos hace el dí­a a dí­a, porque todos quieren proyectar la imagen de que supieron ser estadistas. Pero la verdad es que sea por las deficiencias de nuestro sistema polí­tico o porque así­ lo imponen las fuerzas del mal que ejercen poderes paralelos para que nada cambie, todos los que llegan a gobernar Guatemala terminan graduándose en cursos intensivos de bomberos que tienen que dedicarse a tratar, con mayor o menor éxito, de apagar fuegos. Y el triunfo de un gobierno en este paí­s se mide por su eficacia como bomberos, puesto que es buen gobierno el que logra apagarlos pronto y no deja que se le junten muchos al mismo tiempo y se considera malo y hasta desastroso al que no tiene esa habilidad y tiene que lidiar con un montón al mismo tiempo.

Este gobierno que empieza está probando ya el efecto y si bien está a tiempo para asegurar que mediante el trabajo de equipo se pueda mantener la visión de largo plazo y asignar a grupos especializados las tareas transformadoras, es demasiado grande el riesgo de que el crecimiento de los problemas diarios, de pura coyuntura, termine siendo de tal magnitud que impida al Presidente ver más allá del dí­a y, si acaso, de cada viernes porque hay que reconocer que aquí­ hasta los conspiradores respetan la semana inglesa y descansan el fin de semana.