El pasado, antesala del presente


En el prólogo de «Memoria del Fuego», un interesante recorrido por la conquista y colonización de América desde el punto de vista de los pueblos indí­genas, el escritor y periodista uruguayo, Eduardo Galeano, comparte su experiencia en la clase de historia. La situación parece la misma a la que vivimos la mayorí­a de personas que alguna vez, ya sea en escuela pública o colegio privado, recibimos la abrumadora cantidad de nombres, hechos y fechas presentados sin ningún tipo de contexto.

Ricardo Marroquí­n
rmarroquin@lahora.com.gt

Este es parte del contenido: «El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecha, sino para aceptarla. La pobre historia habí­a dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, metida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habí­an encarcelado en los museos y la habí­an sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos… La historia oficial latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién salidos de la tintorerí­a.»

Así­ como en la individualidad la experiencia forja nuestra personalidad, la población también necesita conocer los hechos del pasado para determinar el presente y el futuro que quiere construir. Tantos años de silencio, por ejemplo, permitió que hoy en el Congreso de la República uno de los diputados enfrente un proceso judicial por genocidio y delitos de lesa humanidad. La amnesia colectiva no es casual.

La represión del Estado para callar bocas, neutralizar ideas y esconder el pasado, surtió efecto entre la población, principalmente con los que nacimos a mediados de la década de 1980. Algunos medios de comunicación presentan, incluso, una situación bipolar de la juventud guatemalteca, ambas, totalmente indiferentes al repaso: por un lado se encuentran los protagonistas de los operativos de la policí­a, tatuados hasta los párpados, hacedores de atracos, secuestros y crueles asesinatos; por otro lado, en una situación mucho más cómoda, quienes sin importar el dí­a de la semana pueden disfrutar de los espacios V.I.P., esperan con ansias el periódico del viernes para ver si salieron bien las «chelas» en la foto, y cuyos tatuajes al final de la espalda y en los brazos son «cool».

Quienes no pertenecen a uno de estos dos mundos no existen, y cuando algún espacio está abierto para la reflexión y la discusión mandan a callar, con la recomendación de dejar de escribir sobre cosas que pasaron antes de nuestro nacimiento. Atendiendo a esta limitación no podrí­a expresarme sobre todas aquellas situaciones que hoy hacen de Guatemala un paí­s excluyente y desigual.

Un sacerdote expresó una buena idea sobre la necesidad de regresar las páginas para escribir con mayor precisión en las que hacen falta: «Sólo aquel que conoce su historia es hijo de la paz».