Las maravillas de la aviación


Luis Fernández Molina

Estoy seguro de que los hermanos Wright nunca pensaron en los sorprendentes efectos que su invento iba a tener en el comportamiento humano. Claro, ellos procuraban un aparato más pesado que el aire que se elevara por encima de las montañas y transportara a personas de un lugar a otro distante. Tení­an los citados hermanos mucho conocimiento de ingenierí­a, de fí­sica, de mecánica, etc., pero no de psicologí­a. Por eso aún hoy dí­a asombra, poco más de cien años después. No me refiero necesariamente a cómo esos barcos de metal se elevan por el cielo con toda su carga. Cuando desde el suelo contemplo una de esas moles de metal me invade una especie de angustia. ¿Cómo es posible que se eleven esos monstruos? Al punto que mejor no los veo desde afuera para no titubear a la hora del abordaje. Sencillamente cruzo la rampa y me pongo en las manos de Dios. Pero hay que reconocer que en algún sentido es un portento que vuelen esas moles cargadas hasta el tope de personas y pesado equipaje. También es una maravilla que las puertas se cierren en una ciudad tercermundista y en cosa de dos horas se vuelvan a abrir en una urbe del primer mundo. Pero más aun no deja de sorprenderme otro portento, acaso más milagroso, que produce la aviación. Una transformación que opera en las personas en el transcurso del viaje que es digno de mayor estudio en el que hasta la fecha no se ha profundizado. Acaso un efecto de las alturas, de algún elemento quí­mico, o de la cercaní­a del Sol o del desprendimiento poco natural del suelo que pisamos. Pongamos el caso de un pasajero que llega al aeropuerto manejando su vehí­culo; como ya va tarde se ha pasado dos semáforos en rojo y ha acelerado a velocidades propias de la autopista al puerto. Para que se haga a un lado la gente estúpida que se interpone en su camino mantiene la mano pegada a la bocina salvo en aquellos momentos en que tiene que contestar el celular o para lanzar basura porque es necesario conducir en una cabina limpia. Al dejar su vehí­culo mal parqueado alega con el policí­a y como no le acepta la mordida lo amenaza con denunciarlo a sus superiores porque es muy amigo de Juan Pérez que es primo del primo del director de la policí­a amén de ser compadre del general Esquivel y Pérez. Como las colas no se hicieron para él aprovecha que unos gringos caras de misioneros estaban distraí­dos y simplemente se cuela. Para que nadie le alegue hace cara de oriental empistolado. Como no llenó el formulario, de manera prepotente le pide a la señorita del despacho que se lo llene ¿acaso no es servicio de la aerolí­nea? Tres horas después el avión llega a la capital de Latinoamérica, ubicada en el sur de la Florida. En ese momento se opera el prodigioso cambio. Es el primero en hacer la correspondiente cola de aduanas y ni siquiera toca la lí­nea amarilla que marca el paso en la fila. Contesta muy educadamente las preguntas que le hace el funcionario de migración, más aún, sonrí­e y bromea. La bocina como que no existe en el carro de alquiler que acaba de contratar y no excede a más de 50 millas, menos las 55 de tope reglamentario. Respeta todos los altos, no se diga los semáforos que ni en sueños se le ocurrirí­a pasar en rojo. Atento cede el paso y lleva una bolsita para la basura, en caso hubiere. Ni se el pasa por la mente estacionarse en lugar prohibido o reservado para discapacitados o madres. Es el mismo ciudadano que tres horas antes tení­a otra actitud que cambió por algún sortilegio, aún no determinado del avión. Cuando pasan los 5 dí­as que estaban programados para el viaje a Miami empiezan a ceder los efectos del cambio. En un escenario parecido al de la Cenicienta cuando se oye la novena campanada del reloj de medianoche, o cuando empieza a hacer efecto la pócima del Dr. Jekyll o cuando en el oriente asoma la luna llena. Cuando el capitán de la nave anuncia el inminente aterrizaje en La Aurora empieza a transformarse en hombre lobo para regresar a su selva negra ¿De quién es la culpa, del sistema o de las personas?