«Tara» corona una travesí­a por el desierto blanco


La embarcación Tara prende unas bengalas para anunciar el fin de su misión.

Los tripulantes de la goleta «Tara» atracaron en Noruega tras navegar a la deriva durante 507 dí­as por el írtico, perdidos en el silencio del planeta hielo, entre auroras boreales y no pocas odiseas, para medir los efectos del cambio climático.


Esta misión, concebida en el marco del Año Polar Internacional (API), en el que se constató un deshielo histórico de la banquisa ártica, permitió examinar durante casi año y medio las consecuencias del calentamiento global en el Polo Norte, entre Siberia y Groenlandia.

El velero acostó el jueves en Longyearbyen (Noruega), con la satisfacción del trabajo hecho.

«La misión acabó, pero la expedición durará hasta Lorient», ciudad portuaria francesa adonde «Tara» llegará dentro de un mes, afirmó Grant Redvers, el jefe de expedición neozelandés, el único que no pisó tierra firme desde septiembre de 2006. Sus colegas relevaron a un equipo anterior.

Redvers, con sus 35 años recién cumplidos, no quiere que acabe la aventura.

«El hielo se ha convertido en mi casa. No salgo de la banquisa como se saldrí­a de la cárcel, sino más bien como si escapara de un hechizo», relata.

Etienne Bourgois, el patrón de Tara-Expeditions, director general de la empresa de moda Agnes B y mecenas de la salvaguarda del medio ambiente está muy satisfecho.

«Se cumplió con la misión cientí­fica y la aventura humana se vivió sin destrozos, ni humano ni material. Era el doble objetivo», afirmó.

Lo celebraron hasta bien entrada la noche en la dársena de Longyearbyen, acompañados por un cielo estrellado y una luna anaranjada que iluminaba las montañas nevadas que velan por los fiordos de Spitzberg.

La goleta de formas redondeadas y abombada parecí­a un buque mercante sobrecargado.

«Sesenta toneladas de bártulos cientí­ficos, bolsas de queroseno, botellas de gas, una sauna», detalló Hervé Bourmaud, el capitán de «Tara».

Navegar en estas condiciones parecí­a aventurado, pero la suerte se puso de su parte desde el comienzo de la travesí­a. No podí­a ser de otra manera. Tara, la diosa tibetana salvadora, nacida de una flor de loto, veló por ellos.

Redvers y Bourmard asienten. Su peor experiencia en 16 meses fue una gran fractura de la capa de hielo cuando llevaban unos dí­as a la deriva. «Todo el material cientí­fico quedó desperdigado sobre la banquisa fragmentada. La deriva estuvo a punto de nacer muerta», recuerdan.

Para todos ellos, y para sus compañeros de las etapas anteriores, esta aventura quedará grabada en sus mentes. Esas noches de luna llena, de auroras boreales, perdidos en el silencio del planeta hielo, sin olor ni color, esa noche mágica, no los abandonará nunca.

«La misión acabó, pero la expedición durará hasta Lorient.»

Grant Redvers

jefe de la expedición