Pocos días tiene don ílvaro Colóm de ir como a horcajadas en las alturas con su «socialdemocracia», pero algunos críticos han comenzado a picarle la cresta por varios actos iniciales de su jornada, incluidos los «shows». ¡Y no faltan los ditirambos de los lambiscones!
Conviene que los analistas políticos o críticos de la tundra deban (o debamos) permanecer siempre ojo avizor respecto de la gente del oficialismo para proceder como lo demanden las circunstancias.
Despojémonos de los prejuicios que muchas veces destilan lo que es injusto y deletéreo. Los comentarios o críticas deben apegarse a «realidades reales», valga el pleonasmo.
Recordemos que durante los regímenes de fuerza bruta la libertad de expresión estuvo virtualmente decapitada, y eso provocaba un silencio sepulcral entre los ciudadanos en general, incluidos los periodistas y la intelectualidad toda. Es por eso que pensamos que es la hora oportuna para poner en la diosa actualidad el interesante libro de Manuel Galich, intitulado Del pánico al ataque, el cual viene siendo como la voz estentórea de un ilustre y valiente guatemalteco que desde las aulas del nivel secundario dio muestras inequívocas de oponerse al tiránico dictador Jorge Ubico que, por fas o por nefas, descargó su humanidad a lo largo de casi 14 años en el sillón presidencial.
Leímos por primera vez la citada obra literaria de Galich cuando en 1949 nos la obsequió Vinicio Cerezo Dardón, quien desde finales de la adolescencia dio muestras de repudiar el funesto orden de cosas imperante hasta mediados del 44. Recientemente volvimos a leer el mismo libro cuyo contenido, a nuestro juicio, merece tener plena vigencia y ser conocido y «digerido» por los adolescentes y los jóvenes, en especial, porque pueden estar en potencia otros regímenes totalitarios en estos tiempos de turbonadas político-ideológicas de la Amerindia y de otros patios del mundo.
Manuel Galich, francamente, fue rebelde, un rebelde impertérrito irreductible con causa justa. Lo hemos admirado porque asimismo hemos sido y seguimos siendo rebeldes; rebeldes contra las dictaduras de todo tipo: de la izquierda liberticida y opresiva y de la derecha oligárquica; rebeldes contra los abusos del poder, contra la tortura a los adversarios reales o supuestos de los mandamases; rebeldes contra los desalmados esbirros, verdaderas bestias de dos patas; rebeldes contra las injusticias, contra la corrupción y demás hechos de inmoralidad y de lesa humanidad.
Galich, pues, con sus valerosas actuaciones cívicas conquistó el corazón de todo un pueblo amante de la libertad y de los demás preciados atributos del sistema democrático. Con verbo elocuente, no perfumado, vibrante y tonante, arremetió contra el servilismo de muchos, muchos. Su libro debería ser reeditado al presente para que los timoneles del cayuco no sean adormecidos hasta endiosarlos con la naveta y los cantos de sirena de los «quedabien», quienes merecen ser tratados como los reptiles venenosos, como las ratas, como las moscas y demás bichos perniciosos que andan a la altura de las suelas de los zapatos.
Con el polifacético y heroico personaje de referencia lucharon valerosamente aquí y fuera de aquí otros jóvenes estudiantes de entonces, entre ellos Manuel María ívila Ayala, Ricardo Asturias Valenzuela, Mario y Julio César Méndez Montenegro, Celso Cerezo Dardón, Carlos Hall Lloreda, Miguel Ortiz Pasarelli, Carlos Zachrisson, J. García Manzo, Federico Rí¶lz Bennett, los hermanos Manuel Francisco, Tomás y Marco Antonio Villamar Contreras, Alfonso Bauer Paiz, Oscar y Efraín Nájera Farfán, el licenciado y periodista Clemente Marroquín Rojas, a la sazón exiliado en México tras haber escrito en las páginas de este diario (La Hora) una serie de artículos bajo el título Desnudando al ídolo, así como muchos otros hombres de pelo en pecho que sería prolijo mencionar, al menos en esta ocasión.
Nuestro recordatorio atinente a la obra Del pánico al ataque tiene el propósito primordial de interesar particularmente a las nuevas generaciones en cuanto al modelo de gobierno del presente y del futuro para que observen acuciosamente, paso a paso, y fiscalicen sus actos a fin de aquilatar lo positivo y lo negativo. Debemos mantenernos atentos, muy atentos, con los clisos abiertos en nuestra vida activa y dormir con un ojo cerrado pero con el otro abierto y, en todo momento, hacer honor al civismo, a la democracia (sin las comillas de farsa), sin encorvar servilmente la columna vertebral ante los hombres con «h» o sin «h» que perfiló Efraín de los Ríos en uno de sus mejores libros: «Ombres contra Hombres».