Mañana se cumplen 14 años de los asesinatos de mi esposa María Eugenia y de mi hija María Alejandra. En ese tiempo, el feminicidio no era vocablo de uso corriente. Los cadáveres de mis seres queridos los encontraron a la vera de un camino. Es indescriptible el dolor cuando reconocí sus cuerpos en la morgue.
Tras la conmoción inicial, las autoridades terminan por obviar el sufrimiento y la desesperación de los familiares de las víctimas, a quienes tratan como molesto expediente. Luego de las lamentaciones y condolencias del momento, las muertas pasan pronto al olvido; sus sobrevivientes quedamos desconsolados, urgidos de reintegrarnos con docilidad y sin amarguras a la «normalidad».
Los asesinos se sienten omnipotentes, confiados en que nadie pondrá freno a sus depravaciones. Las ciencias han encontrado que la crueldad es una constante en la historia y sus manifestaciones actuales en Guatemala la situaron en un lugar sin fin y sin sentido. Cuando intentamos comprender los siniestros mecanismos de la crueldad, terminamos perdidos en un laberinto: nuestra mente se extravía en subterráneos angustiosos, mientras, los asesinos continúan al acecho de más seres vulnerables.
La Guatemala de la crueldad es un pequeño cosmos poblado de cazadores que odian la vida y atacan a las mujeres por ser fuentes de vida. La ira que despliegan no admite causas; por lo mismo, nos condenan a aceptar la primacía de la irracionalidad con el desbocamiento del instinto de muerte, compulsivo y repetitivo. Más absurdo es el morbo de las masas que disfrutan, en un hedonismo equívoco, la exposición de los inanimados cuerpos.
El lenguaje críptico de la crueldad sólo se puede enfrentar con la lámpara votiva de la esperanza. Decirlo es fácil; el desafío es encontrar el sentido de la existencia en medio de tanta irracionalidad. La vida es un auténtico misterio cuando reconocemos que la crueldad es inevitable y paralelamente aceptamos que Dios la permite. La salvación está en la voz limpia y la mirada pura de nuestros hijos e hijas, esas promesas que transforman la debilidad de nuestro temor en la fuerza de recuperar la confianza en la Humanidad.