¡Qué relajo el del tránsito capitalino!


Nunca como ahora se habí­a registrado un gran desorden, asaz insoportable, en el tránsito vehicular capitalino.

Marco Tulio Trejo Paiz

La educación vial brilla por su ausencia. Sólo se han adoptado medidas legales y reglamentarias, pero a muchos, a muchí­simos conductores de vehí­culos les viene del norte lo dispuesto por las autoridades, y esas autoridades no actúan a tono con las circunstancias para hacer que se respeten sus disposiciones.

A esa falta de educación vial, al irrespeto de lo que se ha dispuesto y al exceso de «trastes rodantes» de todo tipo se atribuye el caos de referencia.

Casi todas las ciudades de los paí­ses del mundo registran serios problemas de circulación vehicular, pero algunos de esos paí­ses han tomado medidas encaminadas a frenar la caótica situación.

México, por ejemplo, programa ciertos dí­as de cada semana para que circulen o no circulen determinados vehí­culos según los números de matrí­culas o placas.

También se prohí­be en algunos paí­ses la importación de automotores durante uno, dos o más años, con el propósito de evitar las complicaciones del tránsito. Aquí­ a la vez hubo prohibiciones otrora en tal sentido.

A determinadas horas del dí­a y de la noche se tropieza con problemas para manejar vehí­culos en las principales calles y avenidas de nuestra urbe capitalina, y es que hay abusos e imprudencias de muchos conductores. Esas diabluras pasan por alto de los policí­as encargados de velar por la normalización del tránsito.

Taxistas, chóferes de autobuses urbanos y extraurbanos, camiones, traileres, ciclistas, motoristas, patrulleros de las policí­as, entre otros demonios del volante, rebasan «culebreando» que da horror; estacionan donde les da la gana; en infinidad de cacharros no funcionan los «stops» ni los dos faroles delanteros (van «chocos»); la mayorí­a de timoneles no usan pideví­as para cambiar de carril o cruzar y, cuando los usan, los que van atrás no respetan las señales luminosas, sólo cuando se les antoja ceden el paso al sacar el brazo; en los casos de accidentes las autoridades bloquean la circulación al atravesar ambulancias, autopatrullas y poner otros obstáculos, en vez de despejar las ví­as rápidamente como se hace en otros paí­ses.

Es de mencionar el hecho de que los chóferes de autobuses urbanos y extraurbanos, así­ como los que manejan otros pesados «patas de hule», particularmente, golpean los tí­mpanos de los demás conductores al utilizar las bocinas de viento para rebasar o para que en ciertos puntos de las ví­as suban las personas que necesitan transportarse. Esos bocinazos, como dirí­an los ambientalistas, provocan «contaminación audial» y son como para sacar de quicio a la gente más paciente. Algunos negocios de las orillas de las calles ponen a todo volumen los aparatos reproductores de la voz y el sonido, por lo que, puede decirse, causan gran perturbación que irrita a los que van al timón de los vehí­culos, a los vecinos y a los transeúntes. Y las autoridades se hacen las ba…bilónicas.

Es menester y urge que en el nuevo estado de cosas protagonizado por don ílvaro Colom se exija el cumplimiento de obligaciones al personal responsable de poner orden en el tránsito, porque «hasta» el caos en cuestión demuestra las flaquezas y las «chaquirrias» de cualquier gobierno. ¡Y no es cuento!

Otro dí­a nos referiremos a algunas incidencias de los pomposos, ruidosos y dispendiosos actos del cambio de capitán del barco. Por ahora únicamente hemos dicho algo de lo que acontece en el tránsito de la principal metrópoli que está remozando don ílvaro Arzú, quien sigue demostrando que sí­ las puede en la Muni.