Miles de peregrinos se hicieron cortes en la cabeza con espadas este sábado para rendir homenaje al martirio del Imán Hussein, un ritual que transformó las procesiones piadosas de la Achura en desfiles sangrientos por la ciudad iraquí de Kerbala.

Este rito del «tatbir», que deja a los fieles cubiertos de sangre, marca el momento álgido de los diez días de celebraciones del gran duelo de la Achura.
Kerbala, donde se encuentra el mausoleo del imán Hussein, asesinado a la entrada de la ciudad santa en el año 680, está invadida por cohortes de hombres y mujeres vestidos de negro que acamparon noche y día en su corazón.
Las autoridades barajan la cifra astronómica de dos millones de participantes, pero no se dispone de balances independientes que corroboren su estimación.
El sábado, último día de las conmemoraciones, las trompetas y tambores resonaron de madrugada alrededor de las mezquitas del Imán Hussein y de su medio hermano Abbas, para anunciar el inicio de una nueva jornada de procesiones y plegarias.
Pero, a diferencia de los días anteriores, los penitentes que caminan detrás de estandartes rojos y verdes cambiaron sus atuendos negros por túnicas blancas, color de sacrificio.
Y tan pronto como el resplandor del alba iluminó las cúpulas doradas de las dos mezquitas de Kerbala, empezaron a bailar al son de los tambores golpeándose la parte superior de la frente con la hoja de un cuchillo.
Los rostros y los delantales blancos de los adeptos del tatbir quedaban ensangrentados. Decenas de miles de peregrinos miraban la escena hipnotizados y todavía entumecidos por el frío de una noche a la intemperie.
«Hago esto para rendir homenaje al imán Hussein», explicó Hassan. Este ritual expiatorio me alivia, asegura este fontanero de Kerbala, con la cara manchada por sangre reseca. «Lloro lágrimas de sangre y de amor por quien se sacrificó», agrega.
La Achura recuerda la muerte de Hussein, nieto del Profeta Mahoma, asesinado por el califato sunita por haber exigido la dirección política y espiritual de la comunidad musulmana.
Desde entonces, Hussein simboliza la lucha de la justicia contra la tiranía, del bien contra el mal.
Otro penitente, con la frente destrozada a cuchilladas, explica con una sonrisa de oreja a oreja esta mortificación redentora. «Estas manchas de sangre son como medallas para entrar en el paraíso», asegura Ali Sadiq, un ingeniero de Kerbala.
Las procesiones se sucedieron durante varias horas en la vasta explanada que comunica la mezquita de Abas con la del imán Hussein.
Los gritos de «Haidar, Haidar», otro de los nombres del imán Alí, se mezclaban con los repiques de tambores, las llamadas de las trompetas de guerra y los chasquidos de los sables con las hojas sanguinolentas.
Este fervor no suscita unanimidad en la comunidad religiosa mayoritaria de Irak. Y es que muchos estiman que esta práctica confiere una imagen violenta y retrógrada al chiismo.
«Cada vez más jóvenes practican el tatbir, no es cosa buena», afirma Ahmad, un conductor de ambulancias que hace guardia frente a la puerta principal de la mezquita Hussein.
El líder del Hezbolá chiita libanés, Hassan Nasralá, afirmó el sábado poseer restos de soldados israelíes muertos en la guerra del verano boreal de 2006, en su primera aparición pública en un año.
«El ejército israelí dejó tras de sí (en Líbano) los restos de cuerpos de un gran número de soldados», declaró con orgullo Nasralá, en un encendido discurso en la periferia sur de Beirut con motivo de la festividad chiita de la Achura.
«Tenemos cabezas, manos y pies y tenemos un cadáver casi completo, desde la cabeza hasta la pelvis. ¿Qué le ha dicho el ejército israelí a la familia de este soldado?», se preguntó.
El conflicto entre Israel y Hezbolá entre julio y agosto de 2006 dejó más de 1.200 muertos en Líbano, en su mayoría civiles, y 160 fallecidos en Israel, casi todos soldados.
Durante los 34 días que se prolongó la guerra, el movimiento chiita lanzó unos 4.000 cohetes contra territorio hebreo que obligaron a un millón de personas a protegerse en refugios o huir hacia el sur del país.