Biocarburos: Espada de múltiples filos


Ciertamente el biocarburo es una buena alternativa para prevenir la salida del mercado de los combustibles fósiles como carburantes. Pero, como a casi todas las cosas humanas, debe analizarse el contrapunto a esta historia.

Roberto Arias

En Guatemala, contra la corta visión de algunos y la larga visión de los más largos, ya inició el abuso de los megaterratenientes, incluyendo a í“scar Berger Perdomo, ex presidente de Guatemala, al utilizar al Legislativo para proponer a favor de la mezcla del 10% (¿) de biodiesel, que ellos mismos producirán, a las gasolinas que se expenden en el paí­s.

¿Quién podrí­a probar que sólo el 10% agregarán? Puede verse en esto otra forma de trinquete de las cúpulas económicas para seguir sacando, a los ciudadanos, más dinero de sus ya magros y deteriorados bolsillos.

Por el otro lado, según informes obtenidos, la profesora Madre-Wan – Ho, de la Universidad de Hong Kong, explica que: «Los biocombustibles están siendo considerados erróneamente como «neutros en carbono». Se ignoran así­ los costes de las emisiones de CO2 y de energí­a de fertilizantes y pesticidas utilizados en las cosechas». En otras palabras, en lugar de respirar diésel, se estarí­a introduciendo, además del CO2, fertilizantes y pesticidas directamente a los pulmones de la ciudadaní­a, si esto no se previniera.

Un estudio del Gabinete Belga de Asuntos Cientí­ficos muestra resultados semejantes. «El biodiesel provoca más problemas de salud y ambientales porque crea una contaminación más pulverizada, libera más contaminantes que promueven la destrucción de la capa de ozono». El biodiesel es conocido como el «diesel de la deforestación». La producción masiva del aceite de palma (como es conocido en otros paí­ses) ya causó la devastación de grandes extensiones de bosques en Colombia, Ecuador e Indonesia. En Malasia, el mayor productor mundial de aceite de palma, el 87% de los bosques han sido devastados. No hablemos aún de la hambruna que ya está produciendo.

La soya es presentada por el gobierno brasileño como el principal cultivo para obtener el biodiesel. «El cultivo de la soya despunta como la joya de la corona del agronegocio brasileño», afirman investigadores de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA, en portugués). En este contexto, el papel de Brasil serí­a suministrar energí­a barata a los paí­ses ricos, lo que representarí­a una nueva fase de colonización. Las actuales polí­ticas para el sector son sustentadas en los mismos elementos que habí­an marcado la colonización brasileña: apropiación de territorio, de bienes naturales y de trabajo, lo que representa mayor concentración de tierra, agua, renta y poder. En Guatemala no habrí­a más diferencia que la dimensión del territorio, pero para efectos socioeconómicos, es la misma mica con diferente montera.

¿Cómo es posible que con tanta facilidad, los agroindustriales guatemaltecos, por medio de sus cuijes en el Congreso, metan leyes que a ellos benefician pero que retroceden al paí­s en lugar de desarrollarlo, sin encontrar oposición cientí­fica contundente que lleve la situación a un diálogo con el fin de asegurar la prevención de intoxicaciones futuras para la población? ¿Qué pasó con los ambientalistas?

¿Estará el pueblo de Guatemala dispuesto a asumir los costos en salubridad que el biodiesel traiga si no es regulado por filtros pertinentes en cada motor que lo consume?