Haciendo el bien en el 2008


Luis Fernández Molina

«Pasó su vida haciendo el bien». En esa corta frase condensa Simón los 33 años de la vida de Jesucristo. Es como una etiqueta, un resumen, una clasificación. Y es que, de manera constante y sucesiva, los sobrevivientes emiten el veredicto final respecto de los que van partiendo. No me refiero a las cumplidas expresiones tan propias de los velorios: «tan buena gente que era», «tan cabal», etc., ya que las manifestaciones piadosas abundan en esos primeros momentos cuando están reunidos los deudos y amigos y las lágrimas aún no han secado. Palabras bien intencionados pero en algunos casos embusteras como ciertos epitafios. Me refiero mas bien a aquél dictamen final que, compendia la vida de una persona en el sentir de los que convivieron con ella, de una manera objetiva y surgen así­ los diferentes calificativos: era una persona piadosa, era un pí­caro, era bueno para hacer negocios, era una mujer muy inteligente, era una artista, era un hombre muy reservado, era una mujer muy extrovertida, era un avaro casi miserable, era un poeta enamorado de la vida, era un mujeriego, era un bebedor, era muy generoso, etc. Regresando a la cita de los Hechos de los Apóstoles, San Pedro en su discurso en casa de Cornelio, resaltó que Jesús pasó haciendo el bien. Prácticamente todas las traducciones bí­blicas consignan el gerundio «haciendo» lo cual demuestra una acción y nos trae a la mente la idea de un curso de acción permanente. No es que «hizo el bien» como algo esporádico ni que «hací­a el bien» como algo regular sino que «pasó haciendo el bien» como una constante en su acción. En el corto transitar de Jesús por las campiñas de Judea e Israel habrá recibido muchos calificativos según la ocasión y las personas; curiosamente una vez le llamaron «Maestro bueno» y í‰l, lejos de aceptar el elogio, replicó «Â¿por qué me llamas bueno? No hay bueno mas que Dios.» Por eso la cita de San Pedro encierra en su sencillez todo el ejemplo de vida de Jesús. Por eso la invitación a que lo imitemos «haciendo el bien». Ese bien que no tiene porque ser apoteósico, ni público, ni comprende la ejecución de grandes obras, ni donaciones, ni actos que se acomoden con nuestro orgullo (¡qué bueno soy!), por el contrario, ese bien que como la semilla de mostaza se esparce imperceptible y en silencio va echando sus raí­ces; que como actitud positiva y permanente se cultiva desde que el sol asoma en el oriente. Ese bien que no consiste solamente en «no hacer el mal» sino que en una acción positiva. Esos «buenos dí­as» expresados con alegrí­a contagiosa a todos los de la casa; ese saludo afectuoso a los compañeros de trabajo o al que sigue en la ventanilla; esa calurosa sonrisa para el que está triste o la palmada en la espalda al que está decaí­do; esa cortesí­a de ceder el paso al piloto que quiere cruzar sobre nuestra ruta; esos momentos que dedicamos a escuchar con atención al que está en algún apuro; esos centavos que facilitamos al que sabemos que tiene alguna necesidad. En fin todas las ocasiones del dí­a son una oportunidad para que pongamos en práctica aquello de «hacer el bien». Tal vez no lo podamos hacer todo el tiempo, como el Maestro lo hizo, pero al menos en este año que empieza intentemos un poco más.