Petraeus contra «las ratas» de Al-Qaeda en el «campo de batalla» de Irak


David Petraeus (I), comandante en jefe de las fuerzas armadas en Irak, recoge el juramento de un soldado que prestará servicio en Owesat.

«Nuestra prioridad es localizar las ví­as de acceso utilizadas por las ratas» de Al-Qaeda, dice el comandante en jefe de la coalición en Irak, inclinado sobre un mapa del estado mayor, durante una de las visitas «al campo de batalla» en el sur de Bagdad.


«Las ratas» no son otras que los partidarios de Al-Qaeda, a los que el general David Petraeus desearí­a cortar las lí­neas de suministro en esta región del sur de Bagdad, a orillas del Eúfrates.

Los seguidores de Osama bin Laden llegan por el rí­o hasta Owesat, pequeña localidad polvorienta bañada por este rí­o iraquí­, antes de continuar hacia la capital, 25 km más al norte.

«El lugar era un pequeño santuario de Al-Qaeda», agrega el general Petraeus, explicando que «las lí­neas de suministro están ahora cortadas» y «las ratas» abandonaron el barco.

En noviembre, los soldados el 187º regimiento de infanterí­a tomaron posiciones en una inmensa central eléctrica en construcción, situada en el rí­o, e instalaron en unas horas un puente flotante.

Decenas de habitantes del lugar se enrolaron en una milicia sunita local, que fue desplegada para luchar contra Al-Qaeda, siguiendo la estrategia estadounidense en todo el paí­s.

Utilizados como suplentes, «estos ciudadanos movilizados» van a ser desplegados ahora en la localidad vecina de Janabi.

«Un jefe tribal murió recientemente. Nadie osa reemplazarlo por allí­», precisó a su comandante en jefe el teniente coronel Andrew Rohling.

«Algunos insurgentes se refugiaron en un cañaveral. Están determinados y pueden esconderse ahí­ algunos dí­as», añadió Rohling, explicando que «tres o cuatro tipos encapuchados pueden dañar en unas horas lo que se ha construido en cuatro dí­as».

El general Petraeus le pide que se limpien lo más antes posible esos «reductos de Al-Qaeda». «Los granjeros deben tener de nuevo acceso a los mercados», insiste.

Con su tez bronceada y una inconfundible silueta alargada, el jefe de la coalición inicia la visita en Owesat.

«Â¿Cuáles son sus problemas?», pregunta a Obei Jasim, agricultor de 37 años y padre de unos 15 niños que le corren entre las piernas.

«Necesitamos un centro de salud», responde Jasim. «Y queremos llevar nuestros productos a Bagdad», añade.

Las tribus locales tienen que lograr antes la paz, le responde de inmediato el general Petraeus, tras regalar un balón de fútbol a uno de los niños.

Desde hace décadas una tribu rival que vive más al norte bloquea la carretera hacia Bagdad, lo cual obliga a los granjeros del lugar a un largo y peligroso recorrido por la turbulenta región de Faluya.

El general sigue su visita y atraviesa un palmeral, acompañado por un consejero del ministro iraquí­ del Interior, que vino a evaluar las necesidades locales.

«Â¿No vais a la escuela?», pregunta el general a un grupo de adolescentes sin oficio. «Está muy lejos para ir todos los dí­as», le responden.

Kalachnikov al hombro y con una banda de plástico fluorescente como único signo distintivo, los «ciudadanos movilizados» piden al responsable militar «agua potable y electricidad».

La paz entre las tribus es la condición esencial del desarrollo económico, les recuerda Petraeus.

La visita se termina con un encuentro con diversos jefes tribales y una última reunión de subordinados.

«Estas visitas al terreno son esenciales», explica el general Petraeus a un pequeño grupos de periodistas.

«Las conversaciones con la gente nos permiten aislar a los insurgentes y hacen que la población forme parte de la solución y no del problema», concluye.