Kenia no es Ruanda


La imagen de Kenia como un paí­s próspero y estable estalló en mil pedazos tras la oleada de violencia polí­tico-étnica provocada por los resultados de las elecciones generales, pero los analistas descartan que se llegue a una situación comparable al genocidio ruandés.


Las imágenes de bandas armadas con machetes, lanzadas en una cacerí­a humana envuelta de violencia y saqueos, y la atrocidad de ver a mujeres y niños quemados vivos en una iglesia donde se habí­an refugiado recordaron sin duda los horrores del genocidio que sacudió Ruanda en 1994.

Partidarios del presidente Mwai Kibaki y de su rival en las presidenciales del 27 de diciembre, Raila Odinga, se acusaron mutuamente de «genocidio» y «limpieza étnica» tras los enfrentamientos que ya causaron más de 340 muertos y unos 100 mil desplazados.

Sin embargo, los analistas señalan que existen muchas diferencias entre Kenia y paí­ses como Ruanda, Burundi, Sierra Leona o Liberia, y consideran que éstas salvarán del caos a la principal potencia económica del este de ífrica.

«La real diversidad étnica de Kenia significa que no es ni Ruanda ni Burundi», explica Mark Bellamy, que fue embajador de Estados Unidos en Kenia de 2003 a 2006.

Mientras Ruanda y Burundi, dos paí­ses de la región de los Grandes Lagos, tienen una población compuesta de hutus y tutsis, Kenia cuenta por lo menos con 42 etnias distintas.

El presidente Mwai Kibaki, cuya controvertida reelección desató la ola de violencia, pertenece a la etnia de los kikuyu, que juega un papel dominante en la vida polí­tica y económica del paí­s desde su independencia de Gran Bretaña en 1963.

Pero, pese a ser el grupo étnico mayoritario entre los 37 millones de a kenianos, los kikuyu sólo representan el 22% de la población.

Esto significa que ninguna etnia puede controlar totalmente el paí­s y necesita, para liderar, aliarse con otros grupos.

Otros observadores señalan que esta ola de violencia es la prueba de que la democracia keniana llega a su edad adulta.

«Todo el mundo piensa que es tribal, pero no lo es», considera el abogado y analista polí­tico keniano John Otieno. «Es una sociedad que toma conciencia de sus derechos, especialmente de que ningún gobierno puede reivindicar un poder absoluto», afirma.

Ya sea Kibaki o Odinga, «no conviene a ningún dirigente polí­tico en Kenia atizar la violencia étnica», comenta Bellamy, que ahora trabaja en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, basado en Washington.

«Con un balance de muertos que se agrava, Raila Odinga es consciente de que pronto se encontrará solo y podrí­a querer buscar una solución al conflicto que le haga pasar por un héroe ante la opinión pública», considera por su parte la analista polí­tica keniana Mary Mutua.

Los observadores subrayan otra particularidad de Kenia respecto a otros muchos paí­ses africanos y que constituye un freno al caos polí­tico y económico.

«Las élites de Kenia han invertido su dinero en Kenia» y no en el extranjero como es el caso en muchos paí­ses del continente y «ésta es la mejor razón para que no dejen que el paí­s se derrumbe», afirma un diplomático occidental destinado en Nairobi.