En días recientes apareció en la portada de uno de los periódicos matutinos una destacada noticia: Primer acto de terrorismo en Guatemala. Y con ello, entramos de lleno a contemplar como parte de los «riesgos y amenazas» que interesa a quienes diseñan la política continental «de defensa» de Washington, desde donde se ha pretendido meternos en la misma bolsa a todos los países del Tercer Mundo. Para quienes no cuentan nuestros verdaderos problemas y amenazas, más comprometidas con el subdesarrollo y sus consecuencias de hambre, enfermedad e ignorancia.
Si ello era ya evidente aún antes del aparecimiento de la «revolución bolivariana de Chávez», el que a éste se haya sumado un movimiento de «segunda independencia» en Suramérica en el cual participan al menos cinco países, ha activado la alerta en los medios políticos de la administración fascista del presidente Bush y Cia. Hoy por hoy, esos países crean una institución bancaria y financiera que les permite alejarse de las nocivas políticas económicas neoliberales, impulsadas desde el Banco Mundial y el FMI, políticas que han pronunciado las diferencias sociales y económicas existentes.
Washington que siempre va adelante, crea el Acta de Autorización de Defensa de 1990 directamente relacionado con la lucha contra el narcotráfico. Hacia la segunda mitad del segundo periodo del presidente Clinton, el Pentágono y la rama ejecutiva iniciaron una nueva ofensiva diplomática, para «convencer» a los países latinoamericanos de la «necesidad» de una mayor presencia militar en su territorio. Las bases militares en América Latina y el Caribe conforman una complicada red entrelazada que «apoya objetivos estadounidenses para asegurar acceso a mercados, controlar el flujo de narcóticos y obtener recursos naturales, especialmente petróleo».
La ascensión del Comandante Chávez encontró esa red extendida que cubre prácticamente toda la geografía latinoamericana. El objetivo era «acompañar» al ALCA, para garantizar al imperio que el «Libre Mercado» no tuviera trabas. Así, «la arquitectura de teatro» en el lenguaje del Comando Sur, controla las bases de Aruba, Curazao, Comalapa en El Salvador y Manta en Ecuador. En el vecino país funciona una de las instalaciones conocidas como «localidades de seguridad cooperativa», CSL por sus siglas en inglés. Estas son áreas que son «rentadas para llevar a cabo desde ellas, monitoreo antinarcóticos y operaciones de intervención».
Además de ello, se han firmado acuerdos con Ecuador, Holanda (para Aruba y Curazao) y El Salvador y ha financiado la renovación de facilidades aéreas en Ecuador, Aruba y Curazao. El SouthCom (Comando Sur), opera asimismo unos 17 sitios de radar, mayormente en Perú y Colombia, estación de rastreo de misiles en la isla Ascensión en el Caribe, Soto Cano en Palmerola, Honduras. No siendo suficiente, existen «pequeñas presencias militares y propiedad» en Antigua, Perú, Colombia, Venezuela y en la isla de Andros en las Bahamas.
Sin embargo, ello no es suficiente para el comandante del Comando Sur de los Estados Unidos, el General James Hill, quien en una presentación ante el Congreso de su país, expuso que también existe una nueva forma de terrorismo, el «Terrorismo Emergente». El peligro emergente central, según Hill es «el populismo radical en el que el proceso democrático es saboteado para menguar, más que para proteger, los derechos individuales». De acuerdo con Hill, los populistas radicales que están emergiendo por todo el hemisferio están valiéndose de frustraciones profundas, provocadas por el fracaso de las reformas democráticas para repartir los esperados bienes y servicios. Al valerse de estas frustraciones, que surgen paralelamente con frustraciones causadas por la iniquidad social y económica, estos líderes son capaces de reforzar posiciones radicales al exaltar el sentimiento antiestadounidense.