Bertrand Russell: Ensayos sobre educación


Tengo la impresión que es poco frecuente encontrar un libro de consejos prácticos sobre educación, escrito por un filósofo. Es decir, libros sobre teorí­a de la educación o filosofí­a de la educación abundan en las librerí­as, escritos, la mayorí­a, por personas que dicen ser filósofas, pero no es tan común y es más bien raro que un filósofo se ponga a contar su propia experiencia en materia educativa.

Eduardo Blandón

Este libro de eso se trata. Russell deja de lado la retórica, las elevadas especulaciones y se pone a narrar qué es la educación para él, cómo se puede tener éxito en este campo y de qué manera lo ha hecho en su hogar. Es un libro sabroso, fácilmente legible y en el que se pueden sacar consejos valiosos. Aunque el pelo en la sopa consiste en que se trata de un texto un poco viejo en el que el último grito de la moda es la pedagoga Montessori.

El filósofo divide el libro en tres grandes partes. En la primera, aborda temas generales como los «postulados de las modernas teorí­as educativas» y las «finalidades de la educación». En la segunda, medita sobre la educación del carácter. Aquí­ sobresalen tópicos relativos, por ejemplo, al juego y la fantasí­a en los niños, el egoí­smo y la propiedad, los castigos, el afecto y la simpatí­a y la educación sexual. Finalmente, en el último momento, se entretiene con la educación intelectual: los programas escolares antes de los 14 años, la importancia del internado y externado y la universidad.

En general, Russell considera que la educación es de vital importancia para el desarrollo de los pueblos. El Estado, la familia, la sociedad en general debe preocuparse por el crecimiento integral del niño so pena de tener comunidades retrasadas y con poca imaginación para enfrentar los problemas que la modernidad plantea. Este desarrollo en el niño empieza desde muy temprana edad y debe ocupar mucho tiempo y creatividad para hacer que los frutos se den teniendo en cuenta la naturaleza de cada uno.

Esto último es importante porque la educación debe darse, dice Russell, a partir de las caracterí­sticas individuales de cada niño. No todos son iguales y, por eso, no todos deben recibir la misma educación. Cada niño tiene diversos talentos y es con respecto a estas cualidades que debe apuntar la educación de cada uno. No todos «necesariamente» deben ir a la universidad. Para cada uno hay opciones y, así­, las carreras técnicas, por ejemplo, son una buena opción para educarse en otros campos del saber.

«Serí­a desastroso insistir en un nivel absurdo de uniformidad. Unos niños son más inteligentes que otros y pueden obtenerse mejores resultados de una más esmerada educación. (?) Aun cuando la educación más elevada fuera recomendable para todos ?cosa que pongo en duda?, es imposible realizarla hoy dí­a y una estricta aplicación de los principios democráticos nos llevarí­a a la conclusión de que ninguno debe tener acceso a ella. Ello serí­a fatal para el progreso cientí­fico, y rebajarí­a durante un siglo el nivel general educativo. El progreso no debe sacrificarse hoy en beneficio de una igualdad mecánica».

Russell tiene la convicción de que la educación debe comenzar desde la más tierna edad y que ésta es de vital importancia en los primeros años. Comparte con Freud la importancia que le concede éste a la primera infancia, pero insiste en la posibilidad de modificar el carácter durante todo el perí­odo de la niñez. Todo es cuestión de crear hábitos, dice Russell, y para esto es necesaria siempre la presencia de los padres.

En la educación del carácter es siempre recomendable, insiste el autor, en la persuasión con el niño. Siempre hay que razonar con él y persuadirlo de las bondades de la disciplina y el estudio. Nunca, a ser posible, castigar fí­sica ni psicológicamente. Las humillaciones dejan huellas en los niños y los efectos lejos de curar trauman.

«Yo creo que padres razonables tienen hijos razonables. Los niños deben notar el cariño de sus padres; no el deber y la responsabilidad, que ningún niño agradece, sino amor profundo, que se deleita con la presencia y las gracias infantiles. Y, a menos que ello sea imposible, toda prohibición debe explicárseles cuidadosa y sinceramente».

En cuanto a la educación sexual, dice Russell, a los niños debe hablárseles con claridad. Nada más pernicioso que tengan que aprender estas cosas en la calle. No hay que dejar dudas en ellos y debe dialogarse con naturalidad. Debe alejarse la idea de que las cosas del sexo son sucias y que éste es un tema prohibido.

«El sexo debe considerarse desde un principio como algo natural, delicioso y decente. Lo contrario es envenenar las relaciones de hombres y mujeres, padres e hijos. El sexo es algo óptimo entre un padre y una madre que se quieren y quieren a sus hijos. Es muy preferible que los niños oigan hablar del sexo a sus propios padres en vez de que algún cí­nico se lo cuente. Y es indiscutiblemente malo que descubran las relaciones sexuales de sus padres como una culpa secreta que habí­an querido ocultarles».

Respecto a las educación intelectual, insiste en la importancia de la concentración en el estudio y el alejamiento de toda huella moral que impida acercarse al saber de manera natural y desprejuiciada. Seguidamente escribe sobre la habilidad y la paciencia como medio indispensable para obtener el saber. Y, finalmente, la importancia que tiene el elogio en el proceso de aprendizaje.

«En la educación debe existir desde el primer dí­a hasta el último un sentido de aventura intelectual. El mundo está lleno de cosas asombrosas, que pueden comprenderse con el necesario esfuerzo. El hecho de comprender lo desconcertante es delicioso y vigorizador, y todo buen maestro puede proporcionarlo (?). Yo recuerdo la sensación, casi de embriaguez, cuando leí­ por vez primera la deducción de Newton de la segunda ley de Kepler acerca de la ley de gravitación. Pocas alegrí­as son tan puras y tan útiles como ésta».

Es difí­cil, como se puede entender, resumir en estas lí­neas el pensamiento educativo de Russell, pero no es complicado adivinar el interés del tema y la importancia de la educación en estos tiempos. Para usted que sé que le apasionan estas cosas, el filósofo inglés quizá pueda decirle algo novedoso. El libro puede solicitarlo en Librerí­a Loyola.