La madre como motivo en Asturias


Muchos aspectos de la obra de Miguel íngel Asturias aún están sin estudiar. Nuestro Nobel en Literatura, a pesar de ser el que más estudios crí­ticos ha merecido, es también el que muchas sorpresas aún tiene por ser descubiertas.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

En esta ocasión, deseo resaltar un aspecto en la obra de Asturias, que es la utilización de la figura materna en sus obras.

La madre, en Asturias, no representa un patrón general, ni siquiera es un aspecto tan resaltante. Sin embargo, hay que recordar que el motivo que da inicio a la novela El señor presidente es, precisamente la madre.

A manera de recordatorio, esta novela inicia cuando varios mendigos intentan dormir en el Portal del Señor (lugar ubicado en el actual Parque Centenario de la zona 1, donde se encuentra la Concha Acústica; llamada así­ en antaño, por una imagen de Jesucristo que se ubicaba en ese portal).

Ahí­ se encontraba el Pelele, quien se enloquecí­a con sólo oí­r la palabra «madre». En su primer capí­tulo, sucede lo siguiente:

«El bulto se detuvo, la risa le entorchaba la cara, acercose al idiota de puntapié y en son de broma le gritó:

-¡Madre!

No dijo más. Arrancado del suelo por el grito, el Pelele se le fue para encima y sin darle tiempo a que hiciera uso de sus armas, le enterró los dedos en los ojos, le hizo pedazos la nariz a dentelladas y le golpeó alas partes con las rodillas hasta dejarlo inerte.»

í‰sta es la acción de la muerte del coronel José Parrales Sonriente, uno de los emisarios del terror del Señor Presidente de la novela; encontrar al asesino serí­a el motivo inicial.

Como se dijo, la madre no es realmente un motivo fundamental en Asturias, pero sí­ tiene cierta repetición. Por ejemplo, en la poesí­a, hay dos poemas dedicados a la madre. Ciertamente, el Nobel tiene mejores poemas; pero en éstos se puede observar una actitud de él hacia su progenitora.

Los dos poemas, que se encuentran en esta misma página, muestran un buen grado de amor a la madre, agradeciéndole por haberle dado la vida. En el primero, llamado «Es el caso de hablar», le pide que no espere que tenga fama o fortuna (porque pueden ser mal habidas), sino que espere a un hijo trabajador.

í‰ste fue incluido en el primer poemario de Asturias, escrito antes de 1928, es decir, antes de la publicación de su primer libro Leyendas de Guatemala. Debe intuirse que en estos poemas, el autor aún no estaba pulido, y su poesí­a era muy ingenua y trasnochada.

En el segundo poema, «Madre, tú me inventaste», nuevamente vuelve el agradecimiento a su progenitora, estableciendo una dualidad: «yo existo porque tú me hiciste, y tú fuiste madre, porque yo existo». Este poema, incluido en el poemario escrito entre 1943 y 1948, fue creado por un Asturias más maduro. Su madre murió en 1948, por lo que podrí­a suponerse que se lo habrí­a escrito como elegí­a en su deceso.

Este tema podrí­a tener más matices en la obra de Asturias, pero, para no profundizar más en él, a continuación se ofrecen estos dos poemas, en dado caso usted quiera dedicárselos a su madre este próximo diez de mayo.

Es el caso de hablar

Madre, te bendigo porque supiste hacer de tu hijo un hombre real y enteramente humano. í‰l triunfará en la vida. Se marcha y es el caso de hablar de su regreso. Cuando veas volver, en un dí­a de fiesta, un viador que en la mano luzca joyas preciosas y haga notorio paso y además -¿insolencia, dinero o buena suerte??; no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si mirando el camino se acongoja tu alma y tras la tapia entonces asoma un caminante que trae gran renombre, espada poderosa, ceñidas armaduras, en la mano la palma de la victoria y gesto de sigamos adelante, por mucho que eso valga vale muy poca cosa el poder de la espada, el oro y el renombre; no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si aspirando al aroma de una flor en un dí­a de otoño gris y meditabundo, oyes que alguien te llama y te dice: ¡Señora, allá por el camino viene un gran señor del brazo de su amada, conoce todo el mundo, en la pupila clara trae la mar que añora y en su copa de mieles un sabor de aventura!; no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si en invierno, después de haber cenado, estás junto al brasero pensando con desgano, oí­dos a la lluvia que cae sobre el techo, y en eso, puerta y viento… Es alguien que ha entrado descubierta la frente y herramienta en la mano, levántate a su encuentro porque tienes derecho de abrazar a tu hijo, de quien hiciste un hombre que vuelve de la vida con el jornal ganado.

(Sien de alondra 1918-1928)

Madre, tú me inventaste

¿Qué fuego tú encendiste, ilusión, antes que fuera yo?

¿Qué cabellera tuviste, esperanza, qué cabellera de pájaros tuviste, esperanza, antes que fuera yo?

¿Qué avemarí­as rezaste antes que fuera yo?

Antes que fueras tú, antes que fuera yo,

antes que fuera el retablo perfecto del buey y la mula,

pensábamos en las estrellas,

agua y sueño los dos,

y las estrellas eran nuestros párpados

en la noche de espinas.

Madre, tus párpados colgaban de las espinas.

Tú mi sangre y yo la tuya

y el fracaso final de tus palpitaciones.

Después…

No, antes tú y yo

y después, tú y yo solos…

Hizo frí­o.

La sombra de tu pelo le quedó a la noche.

Vaciantes… Espacios… El mar…

Figúrate… el mar, Madre, y tú y yo solos

en mis palpitaciones, en las del mar… Madre,

gracias porque me inventaste,

yo no era, fui inventado por ti

en las letras, las estrellas, las hojas y los sueños.

Soy cosa tuya,

antes que fueras tú,

tú me inventaste.

(Sien de alondra 1943-1948)