Jorge Godí­nez


Jorge Godí­nez (1948) es un músico y escritor guatemalteco, que ha tenido un largo recorrido por el mundo del arte en el paí­s. Su primera novela, Miculax, ha merecido una segunda edición, debido a las buenas ventas que ha tenido.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

En esta ocasión, le hicimos una entrevista para que se conozca más sobre su vida y su novela.

Pregunta: ¿Es Miculax una novela histórica? ¿O sólo toma un motivo histórico para crear ficción?

Respuesta: La primera edición de mi novela Miculax que fue escrita de 1985 a 1988, pero publicada en 1991, salió calzada como «novela histórico-policiaca». Tratándose de un hecho real y siendo un caso juzgado, mi primera intención fue novelar un evento verí­dico con cronologí­as exactas y con nombres y apellidos de protagonistas e implicados, incluyendo un seguimiento de las noticias extraí­das de los periódicos de la época (1946). El primer borrador salió de unas 200 páginas y estaba plagado de las notas periodí­sticas que extraje de los diarios consultados en la Hemeroteca Nacional. Celso Lara fue el primero que revisó el texto y me sugirió suprimir lo más posible las apostillas relativas al caso, pues existí­a el riesgo de convertir el contenido en crónica. Fue así­ como desechadas unas 40 cuartillas de información escueta y según Celso «superflua», quedó un volumen de 160 páginas, extensión definitiva con la que salió publicado el libro en su primera edición. En esta segunda edición elimino el membrete de histórico y de policiaco, pero obviamente los sucesos acaecidos pertenecen a la historia del paí­s y están tristemente adheridos a la «tradición macabra» guatemalteca. En cuanto a lo policiaco, la novela pertenece a ese género con salpicaduras de novela negra y como es una edición corregida y aumentada su volumen es de 250 páginas, que incluye un prólogo de Eduardo Blandón y un epí­logo de Eddy Roma. Con respecto a si es o no un pretexto para crear ficción, yo dirí­a que sí­. Al igual que Edgar Allan Poe (padre del relato policiaco), quien en El misterio de Marie Roget (vendedora parisiense de perfumes), se inspirara en una noticia de un periódico de Nueva York, acerca del aparecimiento del cadáver de una jovencita (Mary Cecille Rogers) flotando en las aguas del rí­o Hudson, yo también parto de las notas rojas de los diarios de la época y concibo una novela con un gran porcentaje de ficción.

P.: Si es novela histórica, ¿se siente usted atraí­do por el más o menos reciente surgimiento de esta tendencia?

R.: La verdad es que la historia (anterógrada o retrógrada) es un elemento vital nada despreciable, está allí­: en la memoria de las personas, en los periódicos, revistas, en fotos, pelí­culas, canciones, tradición oral, etcétera. Claro que la «historia» tiene varias facetas y un mismo evento puede ser contado de mil formas. Yo como narrador siempre me veré atraí­do por la cruda realidad y por supuesto por su información circunstanciada, aunque me parece oportuno aclarar que no soy historiador ni cosa por el estilo, soy más bien un creativo que utiliza ese cúmulo amorfo histórico y usando las letras como lí­nea y pigmento plasmo un cuadro como yo pienso que deberí­a ser dicha «historia». A propósito de realidad y ficción, Sergio Ramí­rez en su libro El viejo arte de mentir, al referirse a una novela de este tipo dice: «La verdadera historia de Eva Perón y la de sus cadáveres, será la que nos cuenta Tomás Eloy Martí­nez en Santa Evita, por mucho que algún investigador acucioso se empeñe en llegar a la verdad de los acontecimientos. ¿Y cuál es, además la verdad? Un personaje que queda congelado ante los reflectores gracias al mito merecerá mejor una novela tan estupenda como ésta antes que un voluminoso texto lleno de anotaciones al pie, que siempre podrá ser refutado».

P.: ¿Siente usted que los escritores guatemaltecos han perdido la brújula de su historia, y por eso es importante tomar ésta en cuenta?

R.: Bueno yo no quisiera, como quien dice echarme el compromiso de ser el escritor de la «no ficción» aquí­ en Guatemala, y no sé si mis colegas hayan o no perdido la brújula de la historia chapina. Tendrí­amos que retroceder hasta mediados de 1800 para referirnos a novelas como La hija del Adelantado, El visitador de Pepe Milla (Salomé Jil) o a 1946, El señor presidente de Asturias o una más reciente La Villa de Santiago de Luis Fernández Molina, o la de Dante Liano Hijo de casa, que está inspirada en Panchito, el del crimen del Torreón. La literatura es tan amplia y tan conmutativa, que no necesariamente un escritor tiene que apostar por la severidad historiográfica, pero ahí­ sí­ que cada loco con su tema, yo no puedo hablar por los demás.

P.: ¿Se identifica usted con el personaje de su novela?

R.: Yo creo que todos en algún lugar recóndito de nuestro ser tenemos un lado oscuro. Somos buenos por naturaleza, pero también somos malos por naturaleza. Cuando yo estudié el método de Stanislavsky (la búsqueda de una atmósfera naturalista y el relieve dado a la configuración psicológica) aprendí­ a situarme en la mente de personajes ajenos a mi espí­ritu, de tal suerte que la identificación con Miculax fue efectiva, pero guardando terapéuticamente la debida distancia, tení­a que ser así­, yo no puedo conducirme en el escenario virtual de las páginas de una novela si no pienso como el protagonista. Tuve que imbuirme en la mente del psicópata para saber cuál serí­a su siguiente paso.

P.: ¿Le atrae este infanticida?

R.: Solamente como un recurso literario. Al igual que Truman Capote creador de la novela de no ficción A sangre frí­a, yo quise narrar el proceso judicial de dos asesinos y la serie de crí­menes que cometieron, sus respectivas sentencias y el fusilamiento de uno de ellos. La noticia que salió en la portada del diario New York Times, sobre el crimen acaecido en septiembre de 1959 de una familia de Kansas, inspiró a Truman Capote a escribir dicha novela. Si he de ser sincero tengo que admitir que no fue sino tiempo después de haber publicado Miculax que conocí­ la novela-reportaje de Capote. A diferencia de éste, yo no tuve acceso a los criminales, es decir, no los pude entrevistar por obvias razones. Capote se involucró tanto con el caso que hasta se termino enamorando de de Perry Edward Smith, quien fue el que les disparó en la cabeza a los cuatro miembros de la familia Cuttler.

P.: Entonces, ¿el personaje Miculax sólo fue un pretexto para iniciar una novela?

R.: Efectivamente así­ es. Yo necesitaba un Jack el destripador, un Drácula, el personaje siniestro me era indispensable para desarrollar el relato policiaco y aunque también tení­a como candidato al Deschichador (psicópata con pericia de cirujano que en la década de los 70 mutilara los senos a una decena de mujeres) fue sobre Miculax Bux que recayó el dudoso honor de darle el tí­tulo a mi novela.

P.: ¿Qué otros proyectos literarios tiene en mente?

R.: Este año voy a publicar mi segunda novela rock. Estoy en pláticas con un editor. De concretarse el proyecto, Rockfilia estará saliendo en un mediano plazo.

P.: Puede adelantarnos algo sobre su nuevo libro.

R.: Es la historia (muy diluida) del rock en Guatemala. Yo pertenezco a la primera generación de rockeros de Guate, me inicié en 1965, pero ya antes me habí­a presentado de forma semiprofesional en algunas ocasiones, pues mis palotes musicales se remontan a 1955 (justo cuando se dio a conocer internacionalmente el rock´n´roll, con la pelí­cula Semilla de maldad, apenas con siete años de edad aprendí­ mi primera rola en la guitarra), de tal suerte que viví­ las carencias y el primitivismo del rock´n´roll de los 60. El texto recoge los inicios de la escena rockera, desde que empezamos a tocar con radios, guitarras hechizas y amplificadores artesanales construidos con la chatarra de los talleres radiotécnicos, hasta el gigantismo del show business de los 80, en cuyos conciertos se movilizaban toneladas de equipo?en fin?, creo que la historia me persigue.

Mañana, en la Biblioteca Walt Whitmann del IGA (Ruta 1 4-05 zona 4), a las 18:30, se llevará a cabo un conversatorio sobre la novela Miculax de Jorge Godí­nez, con la participación de Javier Payeras, Sergio Argí¼ello, Carlos Seijas y el autor. Entrada libre.