Un programa informativo de radioemisora que escuchamos cotidianamente nos dio la noticia, hace una semana, respecto del fallecimiento del periodista y escritor Alfonso Enrique Barrientos, miembro de la APG y del Instituto de Previsión Social del periodista.
De hace unos años a estas fechas ha dejado de existir más de una veintena de colegas de la «vieja guardia». Alfonso Enrique era uno de ellos, pues a lo largo de toda una vida se dedicó a emborronar cuartillas grávidas de noticias y de sus opiniones que aparecían en diferentes medios de comunicación.
En el diario La Hora, donde ?dicho sea de paso- comenzamos a ejercer la profesión periodística, un oficio que se ha vuelto vicio y que por cierto puede terminar sólo cuando también pasemos al mundo de las sombras y del silencio eterno, el amigo, colega y paisano Barrientos se batió como buen soldado al frente de la jefatura de Redacción, y nos parece que hizo buen papel al servicio del vespertino y de la sociedad.
De los periodistas que han desaparecido del escenario nacional, en el espacio de algo más de dos décadas podemos mencionar a los siguientes: Rigoberto Bran Azmitia, Pedro Julio García, David Vela, Francisco Méndez, Tere de Zarco, Jorge Carpio Nicolle, Julio R. Mendizábal, Carlos García Manzo, Antonieta Somoza, Rafael Escobar Argí¼ello, ílvaro Contreras Vélez, íngel Monasterio, Carlos García Urrea, Jorge López Selva, Antonio Nájera Saravia, Francisco Baeza, Guillermina Rodríguez, Manuel Alberto Moreno, Olga Pantoja, Ramón Zelada Carrillo, León Aguilera, María Radford de Aguilera (más conocida como María del Mar), entre otros.
Alfonso Enrique Barrientos era oriundo de Jalpatagua, departamento de Jutiapa, razón por la cual lo llamamos «paisano», pues nosotros vimos la primera luz del día, entre «chillido y chillido» en Jutiapa, llamada indistintamente, por antonomasia, «sonrisa de mujer guapa» o «la cuna del sol»?
Cuando nuestros comprofesores se van para no volver, como Alfonso Enrique, nos entregamos a la meditación profunda en cuanto a lo que es la vida de los humanos: Ni más ni menos pensamos que es un hilillo que se rompe en cualquier momento inopinado o, en otras palabras, que es equiparable al fino y frágil cristal que también puede romperse por cualquier motivo y en cualquier instante.
La vida, como dijo un filósofo oriental, no es más que «un ¡ay! prolongado, apenas interrumpido por una carcajada»? Asimismo, nuestro efímero paso por este mundo viene siendo algo así como «un refucilo o relámpago en la infinita noche de la eternidad». La muerte es, en realidad, «la verdad de verdades». ¡La vida se apaga para siempre cuando menos lo pensamos y esperamos!
No debemos temer a la muerte, más no por eso deseemos desaparecer en forma egoísta en los fríos brazos de la parca que se nos presenta en la hora en punto? ¡No, no seamos egoístas! La vida es un soplo divino muy sagrado y debemos apreciarla en todo su gran valor para disfrutarlo en feliz convivencia con los seres queridos que nos rodean.
Sinceramente, hemos lamentado mucho, mucho, mucho ?recalcamos- que nos hayan aventajado en los misteriosos caminos hacia el más allá, no pocos compañeros de brega periodística y amigos de los mejores imaginables.
Al coterráneo, colega y amigo Alfonso Enrique le diremos, ya cerca del punto final, ¡adiós! o, más apropiadamente, ¡hasta luego!, y a su estimada familia, en especial a Ismenia, su digna e inseparable compañera de hogar, así como a sus hijos, que afronten con estoicismo, comprensión, resignación y fe en los supremos y eternos valores de la humanidad tan dolorosa situación. Para todos, un fuerte abrazo de solidaridad y apoyo moral en esta angustiosa hora fatal.