«En esta sucia ciudad, no hay que seguir ni parar. Ciudad de locos corazones, ciudad de pobres corazones.»
Fito Páe
mcordero@lahora.com.gt
Hace ocho días, precisamente, estaba detenido sobre una esquina esperando la luz verde del semáforo. Cuando ya había dado el paso, de reojo vi un bólido que se aproximaba por la vía que tenía luz roja. Pero, como vivimos en Guatemala, es mejor dejar que pasen, porque algunos automovilistas todavía ven luz verde cuando el semáforo tiene cuatro o cinco segundos en rojo.
Sin embargo, mi percepción fue equivocada, porque ese presunto bólido era una motocicleta que venía derrapando; no sé la razón, pero me imagino que el conductor titubeó previo a la luz roja si pasar rápido o detenerse; el titubeo le provocó la caída.
Dos personas abordaban la motocicleta. Una señora de unos 30 y tantos años, y un señor de una edad avanzada. Aunque la señora fue catapultada varios metros después y la caída fue terrible, rápidamente se levantó para ver la condición del otro pasajero, quien yo asumí que era su padre, y que era probable que su estado de salud no era muy buena.
La motocicleta quedó por ahí tirada, sin importarle a nadie si alguien se la robara. En ese preciso momento, para la señora y para las decenas de curiosos, era más importante aquel señor que quedó tendido en el suelo.
Afortunadamente, todavía hay gente solidaria en Guatemala, que ayudó a esa pareja. No sé si sobrevivió; no sé si la señora sufrió alguna herida o golpe, que en el instante no sintió tal vez por el amor que sentía por su padre.
Yo que vi todo en primera fila, e incluso percibí algo antes de que sucediera, me puse a pensar en lo insensibles que somos; que el dolor humano ya no nos mueve nada en el alma. Eso pensaba mientras miraba que varias personas ayudaban a los accidentados, y yo sólo observaba.
¡Qué torpes somos! ¡Y qué insensibles! Muchas veces como periodistas, los hechos violentos y de accidentes no nos provocan nada; sólo nos relamemos los labios pensando que esa podría ser una buena portada.
Y, lo peor, es que esa insensibilidad la transmitimos, bombardeando con suma tranquilidad las noticias terribles que deberían provocarnos rasgarnos las vestiduras.
Hace dos semanas exactas, también, un motorista de entrega rápida de comida murió al perder el equilibrio mientras conducía. Y yo, tan insensible que soy, escribí ese día que el motorista «le llevó su comida a la mismísima muerte», o algo así.
No pensé en que talvez este motorista tenía su esposa y sus hijos esperándolo; o que talvez su madre le dio un beso en la mañana esperando verlo en la noche; o que talvez, simplemente, él tenía algo pendiente qué hacer, como llamar a su padre lejano o a su abuela moribunda.
Y me digo mil veces que qué torpes somos, qué insensibles, qué abusivos y qué falta de humanidad. El periodismo en Guatemala es sensacionalista, especialmente el de algunos periódicos y noticieros, radiales y televisivos, que quieren resumir la vida de una persona en un simple titular: «Lo degollaron».
Y casi a diario miro las fotos de la muerte que sucede en Irak; sin embargo, no logro sacar de mi mente la imagen de un niño que lloraba en un hospital, mientras que a su padre lo estaban atendiendo tras haber sido víctima de un atentado. ¿Acaso nadie se conmueve con esta foto? ¿Acaso a nadie le preocupa qué va a ser de ese niño si su padre muere? ¿No es suficiente este dolor para parar las guerras? Y, lastimosamente, los periodistas sólo trasladamos el número de muertos, pero jamás el dolor de la gente.