Podría llamarse inconsistencia ideológica de mi parte; porque varias veces he insistido en indicar que pese a sus diferencias de sistemas políticos y económicos, además de otras variantes muy marcadas entre sí, siempre he sentido simpatía por tres pequeños países que constantemente afrontan el riesgo de ser atacados por sus inmediatos y poderosos enemigos.
Me refiero a Cuba, el Estado de Israel y a la que hasta la fecha se denomina República de China, de manera que no es una inclinación meramente doctrinaria, de mi parte, sino que pura simpatía por países más vulnerables o aparentemente más débiles que sus prepotentes vecinos.
Esta vez no enfocaré lo referente al heroico pueblo cubano, que ha sufrido el embargo de Estados Unidos durante más de 40 años, ni por la acosada nación hebrea, que ha sobrevivido tres guerras abiertas, combatiendo y triunfando sobre un enemigo muy superior, y ahora amenazada por el dictador iraní Mahmoud Ahmadinejab de eliminarla del mapa.
Intento contribuir desde mi casi inadvertido espacio en el ámbito mundial, al reconocimiento de Taiwán como estado independientemente, y que, lograda esa posición, pueda convertirse en miembro de la Organización de las Naciones Unidas, a cuyo ingreso tiene derecho como cualquier otro pueblo soberano.
Uno de los muchos obstáculos que el gobierno de China Popular ha colocado para reconocer la independencia de Taiwán, isla a la que califica como la «provincia rebelde» radica en un asunto crucial que durante décadas anteriores era determinante para las autoridades y los habitantes de la antigua Formosa, pero que ahora se ha convertido en un caso mucho menos relevante. Me refiero, cabalmente, al nombre que oficialmente ostenta el régimen de Taipei, o sea República de China, que los principales partidos políticos de la isla están dispuestos a cambiar, para que se le denomine Taiwán, lo que podría allanar su reconocimiento como estado independiente.
Conforme su tradicional pragmatismo político, su egoísta conveniencia nacional o su falta de lealtad con los que fueron sus aliados, el gobierno de Estados Unidos, durante el mandato del presidente republicano Richard Nixon rompió relaciones diplomáticas con el régimen nacionalista de Taiwán, y las entabló con la República Popular China, la que previamente había reemplazado a Taiwán en el seno de la ONU, en 1971.
Durante los recientes años, Taipei cometió una serie de errores en países centroamericanos, especialmente en lo que respecta a comprar la voluntad de políticos en el poder, como el caso del ex presidente guatemalteco Alfonso Portillo; pero si se le ha criticado por ese mayúsculo desacierto, no se debe olvidar la intensa colaboración taiwanesa en lo que atañe a la cooperación a pequeños y medianos agricultores, además de otorgar financiamiento con créditos blandos o no reembolsables.
Lo que ahora importa es que el oficialista Partido Democrático Progresista inició una campaña de recolección de firmas de apoyo, a fin de realizar un referéndum para determinar el uso de Taiwán, en un esfuerzo más por ingresar a la ONU. Ha recolectado más de dos millones de firmas, e igual posición ha asumido el opositor Kuomintang, en cuanto a que se cambie el nombre de la isla y reclamar el reingreso de Taipei a las Naciones Unidas.
Sobran las razones para que Taiwán sea miembro de la ONU, si se toma el caso, por ejemplo, que algunas minúsculas islas como Palaos, en la Micronesia, de apenas 487 kilómetros cuadrados y con una población de 15 mil habitantes tenga voz y voto en las Naciones Unidas, mientras que a Taiwán se le veda ese derecho, con alrededor de 23 millones de habitantes, asentados en un territorio de 36 mil kilómetros cuadrados (un poco más grande que Petén), con el PNB per cápita de US $ 12,982; cuenta con más de cien mil 300 millones de dólares en reservas de divisas; sus exportaciones superan los US$ 112 mil millones; sus importaciones alcanzan más de US $105 mil millones, y el desarrollo de sus industrias de alta tecnología ocupa el tercer lugar mundial.
No se persigue desplazar a la China Popular de la ONU, sino asignarle el lugar que legítimamente le corresponde a Taiwán.
(Romualdo Chinto le pregunta a un taiwanés:-¿Cómo se dice 99 cabezas en chino? El oriental responde:-Cachi chen cholas)