Nadie puede ocultar ni negar la existencia de una aguda crisis institucional caracterizada por la incapacidad de las instituciones del Estado para cumplir eficientemente sus funciones. No creo que haga falta una reforma constitucional para lograr el fortalecimiento institucional, pero al menos sí hará falta una política definida en el Ejecutivo para garantizar que todas y cada una busquen la excelencia en el cumplimiento de sus fines. No podemos seguir con tal nivel de incapacidad que basta una maquillada, como la que en este gobierno dieron al Ministerio de Educación, para creer que se ha logrado el objetivo. Pero es tal la pobreza y tan generalizada la incapacidad, que basta un esfuerzo propagandístico mediocre y la complicidad de los medios para que se llegue a exaltar un trabajo que, el tiempo lo dirá, ha sido un fiasco absoluto.
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Ignoro si el ingeniero Colom tiene claro que para implementar su plan de gobierno requiere instituciones fuertes, eficientes y bien administradas que sepan atender los fines específicos de cada una de las dependencias. Pero no hace falta ser ningún genio ni poseer un doctorado en administración para darse cuenta que es preciso hacer una reingeniería de prácticamente toda la administración pública, empezando por la creación de la carrera de los servidores para que podamos tener funcionarios y empleados con elemental mística respecto a lo que significa la responsabilidad de la gestión pública.
Hace algunos años, cuando no se había aún producido esa sistemática campaña para reducir al Estado a su mínima expresión y se degradó de tal forma al funcionario y al empleado público al punto de colocarlo en la parte más baja de la pirámide social, era corriente encontrar trabajadores con muchos años de servicio que sentían la íntima satisfacción del deber cumplido y que lo hacían con vocación de ser útiles a la sociedad desde el ejercicio de la función pública. Hoy en día se ha perdido ese orgullo y lamentablemente para muchos de los que laboran en el Estado es motivo de vergí¼enza porque socialmente no se tiene reconocimiento y se asocia al burócrata con corrupción, incapacidad y lenidad, de acuerdo con la prédica constante que vemos en los medios de comunicación.
Devolver al servidor público la mística que tuvo antaño es un buen primer paso para lograr que cambie el rumbo de las instituciones. Y entender que el Estado no puede ser la solución a nuestros problemas, pero indudablemente no podemos vivir sin instituciones fuertes que sean capaces de cumplir, por lo menos, con los fines que la Constitución le asigna.
Los que emprendieron la campaña anti-Estado y fueron minando las instituciones porque de acuerdo a su convicción ideológica era preciso aniquilarlas o, cuando menos, reducirlas a su mínima expresión, no han entendido el daño causado y que ahora se traduce en peores sistemas de salud, modelos educativos fracasados y, lo peor de todo, incapacidad para garantizar por lo menos la seguridad, la vida y la pacífica posesión de bienes. Ni siquiera disponemos de una buena policía y eso basta y sobra para indicar a dónde nos llevaron con la absurda propaganda que, para privilegiar lo privado, se esmeró en hacer añicos todo lo público.