Estamos llegando a la época final del año y principian ya las celebraciones propias de la época. Mañana muchos guatemaltecos estarán celebrando el Día de Acción de Gracias, sin entender siquiera su significado porque si lo hicieran se darían cuenta que esa fiesta es totalmente ajena a nosotros, pero como se trata de celebrar y compartir, se hace caso omiso de la tradición que lleva a los norteamericanos a compartir el pavo en esa fecha. Pero viene eso al caso porque indudablemente que entramos de lleno en el período de festejos, de convivios y parrandas y eso significa que principia esa etapa en la que ocurren tantos accidentes y en la que mucha gente sufre consecuencias graves de la falta de previsión.
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Es momento en que las autoridades no sólo establezcan mecanismos de control más severos, sobre todo para detectar a conductores que puedan estar embriagados, sino también para ilustrar a la población sobre las consecuencias de actuar irreflexivamente. Hay que hacer campañas para educar a los padres de familia respecto a la supervisión constante que tienen que tener cuando permiten que sus hijos quemen distinto tipo de artefactos pirotécnicos y también para destacar las consecuencias funestas que tiene el conducir bajo el efecto de bebidas alcohólicas.
Se trata de una inversión relativamente baja en comparación con lo que se pierde tanto en vidas humanas como en los daños materiales que se producen de manera catastrófica en esta época de noviembre y diciembre que reflejan el mayor índice de accidentes de todo tipo vinculados especialmente con esa forma que tenemos nosotros de celebrar la Navidad y el Año Nuevo.
Yo soy de la opinión que vale la pena trabajar seriamente en dos direcciones. Una es la de endurecer la acción de las autoridades y proceder como ahora lo está haciendo el Procurador de los Derechos Humanos en el caso de los cachinflines y silbadores, puesto que con ello se brinda una gran ayuda a la población. Pero además hay que realizar campañas de prevención, informativas para que el ciudadano esté al tanto de los riesgos que se corren cuando se comporta de manera peligrosa y en ese sentido siempre hemos sido poco efectivos porque no existen programas de información ciudadana que estén reiterando la importancia de las precauciones que deben redoblarse.
Tengo desde niño el recuerdo de una trágica experiencia cuando unos amigos estaban jugando con pólvora en la colonia Mariscal y taquearon un tubo galvanizado con el explosivo. La travesura infantil terminó en una dolorosa y mortal tragedia cuando uno de los del grupo se puso el tubo frente a la cara para ver por qué no explotaba y justo en ese momento se produjo la detonación. Nunca olvidaré la angustia al verlo caer con el rostro desfigurado y cuando los bomberos lo llevaron a la emergencia del hospital, quedando todos los de la palomilla bajo auténtico estado de shock. Pocas horas después supimos que el amigo no había sobrevivido a la gravedad de las heridas y esa Navidad fue profundamente triste para su familia y también para todos los patojos de la colonia.
Quizá por ello es que siempre me preocupa tanto la proximidad de estas fechas y la falta de interés de las autoridades por lanzar campañas de prevención. Un buen mensaje dirigido a la población puede ayudar a salvar más de una vida.