No amanecía aún, pero los suaves toques en la puerta de nuestra habitación lograron despertarnos, falleció don Roberto, nos informaba con voz entristecida nuestro hijo Christian. Para mi hijo, que eventualmente andaba con pancartas y posters del artista y que no escondía su admiración y cariño hacia él, era evidente su desánimo. Por la tarde nos hicimos presentes con mi esposa en la funeraria, un intenso olor a flores y la tristeza silente de la muerte esperada llenaban el espacio de ese amplio salón. Para Guatemala había muerto un artista, para los que inclinaban su mirada hacia el féretro había muerto un esposo, un padre, un abuelo, un amigo. Y es que hablar de Roberto González Goyri no puede hacerse de otra forma más que rindiéndole homenaje, algo que no es inherente en nuestra cultura pues en cualquier otro país donde estimulan y valoran el arte ya se habría declarado duelo nacional. Era el último artista que quedaba de la revolución guatemalteca.
Desde muy corta edad ya había escuchado el nombre del maestro, sabía de su autoría artística en los relieves de los muros del Banco de Guatemala y del IGSS, o el Tecún Umán del Boulevard Liberación, figuras que forman parte de ese museo al aire libre que llevamos los citadinos en lo profundo del subconsciente y que es parte del orgullo y la nostalgia que sentimos los guatemaltecos al estar en el exterior. La obra del artista González Goyri ha sido exhibida en muchos lugares del orbe, entre otros, ha estado presente en el Lowe Art Museum de la Universidad de Miami, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en la Biblioteca Port Royal de París, en el Museo de Arte de las Américas en Washington DC y en otros tantos que no alcanzo a recordar. Inicialmente para Christian, don Roberto era solamente el cariñoso abuelito de su novia, nuestra querida Anaité. A mí me correspondió explicarle la envergadura de tan connotado artista, sobre sus obras conocidas como las antes mencionadas y esculturas famosas como «El prisionero político desconocido» y otras exposiciones muy recordadas como aquella llamada «Otoño» del museo Ixchel.
Como dijera Roberto González hijo en los momentos del sepelio, su legado rebasa su creación artística al dejar un cimiento profundamente humano, en su familia, en sus amigos, en el círculo de artistas y en la sociedad guatemalteca.
La madrugada de este pasado martes el pintor y escultor Roberto González Goyri partió hacia el infinito, aunque sabemos que no ha muerto del todo porque su obra sobrevive en la memoria de quienes la disfrutamos, lo mismo ocurre con otros grandes artistas. Por su delicado estado de salud no puedo negar que me sorprendió saber que un día antes de su fallecimiento se encontraba convirtiendo al lienzo varios poemas de Humberto Akabal, característica de aquellos infatigables trabajadores que jamás llegan a perder la pasión por lo que hacen. Su último homenaje en el Hotel Casa Santo Domingo era una alusión a que debía estar conforme y satisfecho por el tiempo vivido. Que en paz descanse, mi sentido pésame de nuevo a la familia González Pérez.