Chávez y el Rey o el impertinente y el brabucón


No es tí­tulo de fábula alguna, pero es la figura que últimamente ha actualizado la oposición histórica entre las colonias (mestizos y criollos) y la corona (gobierno español). Los ecos de la colonia revivieron cuando el Presidente de Venezuela con una actitud poco diplomática y, por demás impertinente, trató (y de hecho, lo hizo) de interrumpir o boicotear el discurso de Rodrí­guez Zapatero. El Rey, Don Juan Carlos, en un arrebato que le costó su compostura, le ordenó, con un gesto y en un tono brabucón, que se callara.

Milton Alfredo Torres Valenzuela

Lo anterior pone de manifiesto dos actitudes que fueron, y que por cierto sigue siendo, aunque de manera más tenue y disipada, las actitudes de los súbditos hispanoamericanos frente a los señores de la urbe (España). Si alguien creyó que la colonia ya no tení­a ecos en el presente, las actitudes de Chávez y del Rey de España, le demuestran lo contrario.

Las dos actitudes pueden interpretarse como negativas. Uno, Chávez, se ha caracterizado por lo grotesco que resultan sus intervenciones públicas, sobre todo en los ámbitos polí­ticos que más significado tienen para su propia imagen. El Rey, acostumbrado y educado para afrontar con aplomo y decoro cualquier contingencia, según la educación que reciben todas (o casi todas) las monarquí­as aún con vida, debió tener rencores ocultos para reaccionar como lo hizo. Pedirle a alguien que se calle, pues no es cosa del otro mundo, pero los gestos, que constituyen otro código aún más eficaz que el lingí¼í­stico, en muchas ocasiones dicen más que las palabras, y en este caso, el enojo del monarca pesó más que sus propias palabras. Perdió la compostura como cualquier niño brabucón que reacciona a la primera provocación.

El diálogo entre colonias y corona (y lógicamente sus representantes) se caracterizó en el pasado por tales actitudes: la impertinencia belicosa (lo lamido) del mestizo y del indio, frente a la intolerancia brabucona de la aristocracia. Ambas actitudes persisten como formas culturales y polí­ticas que siguen signando a ciertos gobiernos de algunos paí­ses del mundo. Si lo analizamos mejor, la diplomacia no es más que sofisticación de éstas y otras normas conductuales y culturales.