Y aquí, ¿dónde están las medidas para enfrentar una crisis por parte de los señores candidatos?, si uno nos receta como respuesta mágica para resolver los problemas «llevar la maquila al interior de la república» y el otro corre precipitadamente a felicitar al presidente tico por haber traicionado a su pueblo. ¿No conocen los señores candidatos, suficiente información al respecto de las graves consecuencias económicas que ambas soluciones han representado para la mayoría de la población en los pueblos en que las han implementado?
No cabe ni la menor duda de que estamos metidos hasta el cuello en serios problemas. Serios problemas que pareciera que casi nadie y mucho menos los señores candidatos quisiesen hablar de ellos.
Y que, tratándose de la economía, piedra angular de cualquier programa de gobierno, la situación se convierte de delicada en preocupante, ya que las recetas que nos prometen los candidatos gira, precisamente sobre el meollo de políticas económicas que están siendo, no solamente puestas en tela de juicio, sino mundialmente seriamente cuestionadas.
Y no es de extrañar el que así sea ya que también mundialmente vemos la forma en que se conducen los líderes en cualquier disciplina, académica o no. Conducta que de acuerdo a la escala de valores existente es correcta, pero que, de acuerdo a aquella que se han mantenido como los códigos superiores de conducta humana, rayan en lo delincuencial. Sea George Bush, con sus trampas electorales, o sea quien fuera el «gurú» de la economía, Greenspan, quien «nunca se imaginó» las dimensiones de la crisis sistémica que amenaza al mundo. O que se trate de figuras deportivas como Marione Jones, o Lance Amstrong o Ben Jhonson, quienes también hacen girar su comportamiento, que debiera ser ejemplar, en la trampa que produce gloria y dinero.
Pero cuando ese proceder y esa conducta alcanzan a personas e instituciones como la ONU en la que Koffi Annan utiliza su encumbrado cargo para obtener beneficios para su hijo; cuando es también utilizada esta institución para justificar su ataque a Afganistán; y cuando es utilizada para lanzar lo que ya con seriedad han cuestionado científicos en todo el mundo como la farsa del «calentamiento global», protegiendo e impulsando políticas económicas que tratan de limitar la capacidad de los pueblos del mundo que no participan de la clasificación de «desarrollados», en la búsqueda del propio.
Pero cuando ese proceder alcanza a instituciones como la Academia de Ciencias Noruega y al otorgamiento de los premios Nobel, entonces sí, el cuestionamiento a ese tipo de conducta debe ser más que preocupante. El otorgamiento del Nobel de la Paz a Al Gore, cuando existe una comunidad científica que presenta serios cuestionamientos a su acerto; cuando esa misma institución otorga el premio de Economía a tres académicos estadounidenses por sus estudios acerca de la «Teoría del Diseño de Mecanismos», precisamente cuando la economía mundial acusa remesones que ponen en peligro a la mundial. Cuando ese premio se produce junto a los serios problemas en la economía estadounidense y la posibilidad de una cadena de reacción en la desintegración física del sistema monetario-financiero presente, no nos queda más remedio que pensar en que ese procedimiento de ocultación intencional de la verdad, en que la solución al final de cuentas, está en pedir «Â¡Que Dios nos agarre confesados!» ante la magnitud de lo que representaría ese colapso del sistema económico financiero.