REALIDARIO (DLXXXVIII)


René Leiva

Molinos de sangre. Lo normal, digamos, ha sido que el polí­tico lleve agua a su molino, toda la que pueda, no necesariamente pura, cristalina y potable. Así­ fue en la Grecia y la Roma antiguas, con sus excepciones, pues uno que otro polí­tico siempre ha necesitado de sangre roja en lugar de agua para mover su propio molino. Bush padre y Bush hijo, por ejemplo, en Gringolandia, han acarreado enormes cantidades de sangre, por tonelada métrica, siempre de otros paí­ses, a sus respectivos molinos. En el paí­s de la eterna, actualmente, desde Arana Osorio, Lucas Garcí­a y Efraí­n el Anticristo, hay polí­ticos o seudopolí­ticos, politicastros y politiqueros que en un principio necesitaban del vital lí­quido y acarreaban todo el que podí­an, sin el miramiento que los caracteriza, pero debido a diferentes circunstancias, adhesiones poco ortodoxas y exigencias propias de la profesión u oficio, sus molinos han demandado roja sangre fresca para echarse andar, mover sus mecanismos, moler lo que deba moler. Porque al fin y al cabo hoy en dí­a la sangre está barata, tablas ofertas y demanda, y al parecer la sangre del prójimo es mejor elemento que el agua para el siniestro molino de ciertos polí­ticos que así­ allanan su camino hacia las alturas. (Por cierto, en otro desorden de ideas, a los ciudadanos que encendidos en patrio civismo realizan llamados o llamamientos a la Sensatez, se hace de su conocimiento que es en balde, ya que dicha señora, la Sensatez, suele pedir sus vacaciones precisamente en esta época de elecciones, y no regresa sino después del 14 de enero, dí­a más, dí­a menos.)

Ese arroz ya se coció. Es el parecer unánime e inapelable de los más conspicuos observadores polí­ticos ?quienes poco o nada saben de cocina, justo es señalarlo? que ese o este arroz ya se coció, e incluso algunos creen que hasta se quemó, lo cual serí­a un desperdicio. Es cierto que el arroz hace rato que está en el sartén, en pleno hervor; que algunos le meten más leña al fuego mientras otros le echan agua al sabroso cereal (que por cierto no es arroz a la valenciana ni mucho menos al soso estilo chino). Es decir, si el arroz ya se coció no queda nada más qué hacer, lo razonable es sacarlo del fuego, esperar que se entibie un poco y proceder a servirlo a todos los invitados, para que el pueblo, tras el vidrio, como siempre, los mire comérselo, el arroz (ya cocido).

«Che», materia prima. Lo cierto, lo evidente, compañeros, es que de el «Che» Guevara se ha aprovechado todo, todo, todo, como de ciertos productos agrí­colas o ganaderos. A semejanza de redentores y de profetas. O estrellas de rock. O dictadores y genocidas elevados a los altares. Contrario a sus propias palabras, compañeros, el «Che» ha devenido más valioso muerto que vivo. Materia prima de arribistas, oportunistas y manipuladores profesionales. Templo profanado por variados mercaderes. La ambición y el lucimiento personal se han cebado, compañeros, sin ningún escrúpulo, en los despojos del héroe manos cercenadas, iconografí­a, esqueleto, escritos propios, testigos de su itinerario? Fuente de riqueza o de prestigio efí­mero para muchos que enarbolan la bandera guevarista hundidos los pies en el lodo de su mediocridad. Otro capí­tulo duradero y múltiple de la Historia Universal de la Infamia, compañeros.

Alfonso Enrique. Conocí­ a Alfonso Enrique Barrientos ?un erudito de amplia sonrisa, gruesos lentes, tacuche y portafolios bajo el brazo? hacia 1979 en la oficina de don Rufino Guerra Cortave, el último hombre de «El Imparcial». Un dí­a me dejó allí­ el obsequio de un atadito de libros usados, uno de esos gestos que no se estilan más. En las librerí­as de viejo de hace 30 o más años era inevitable la presencia ubicua de «El áncora en la arena» o de «Cuentos de Belice», intensos y a precios ridí­culos. No ha sido sino hasta sus 86 años ?he dado en pensar, no sé por qué? que Alfonso Enrique, A.E.B. o Barry se fue pa’ la Barranquilla. (Lo olvidaba. En noviembre de 1987, para la entrega de un mi librito en Artemio Edinter de la zona 4, sólo asistimos Alfonso Enrique, otro amigo, el editor y yo, y por poco ni este autor llega. Tampoco hubo vino de honor, pero sí­ palabras alusivas por nuestro literato y unos cuantos ejemplares lí­quidos de cierto cérvido en un tugurio por el barrio San Gaspar.)