Los mitos, dicen los conocedores, son importantes para la vida de un pueblo. Son construcciones que ayudan a entender el mundo y que influyen en nuestra forma de pensar. Pueden parecer inocentes, absurdos y hasta infantiles, pero su función es innegable y ahí están siempre disponibles para comprender las decisiones de una sociedad o más generalmente cómo actúan.
Pero, además, de los mitos oficiales, aquellos que definen el carácter de una nación, están otros que son construcciones creadas en un momento determinado por nosotros mismos o por grupos para auto engañarnos, justificar nuestras propias posiciones o para perseguir un fin inconfeso.
Mientras los grandes mitos son pocos, los coyunturales son muchos. Estos mitos están presentes en la política, el arte, la literatura, las ciencias, en todos los ámbitos donde está presente el ser humano. Yo recojo en este artículo tres de ellos a efecto de iniciar una reflexión.
Primer mito. «Los medios de comunicación social pueden ser imparciales en materia política». Ese mito es tan fantasioso como aquello que sueñan los investigadores: «ser objetivos frente a su objeto de estudio». Es imposible. En materia política no se puede ser «imparcial», las simpatías son inevitables. Eso lo sabe cualquiera que haya superado la ingenuidad de los primeros años de la infancia, basta abrir un periódico o simplemente ver un titular para darse cuenta a quién le apuesta ese diario. Hace el ridículo en esta línea un columnista que afirma «ser independiente», «imparcial» y «objetivo» con lo que escribe. En los medios no es imparcial ni siquiera quien dirige las páginas culturales o los deportes.
Segundo mito. í‰ste es habitual entre los empleados públicos. «El nuevo gobierno debería respetarnos el puesto porque nuestro trabajo ha sido ’técnico’ no ’político’». Estoy de acuerdo con la mitad de la proposición: el gobierno debería asegurar la continuidad laboral a los empleados competentes y con experiencia. Pero no porque el trabajo haya sido insulso y carecido del ingrediente político. De hecho toda acción es «política» y más aún cuando el puesto tiene todas las características de serlo. ¿Cómo afirmar que el trabajo ha sido «técnico» cuando el burócrata era parte de una mesa de negociación: defendía los intereses del gobierno de turno y, cuando podía, hasta se imponía frente a la oposición? No se puede, ¿no?
Tercer mito. «La corrupción es prototípica y asquerosa en el gobierno. Ellos, esa clase, es la única corrompida en este país». La mitad del juicio es también verdadera. Evidentemente hay corrupción y mucha en las esferas de gobierno, pero el sector privado no se queda corto. Poner el dedo en esa institución olvidándose de los pecados propios es hipocresía de campeonato. La historia lo ha demostrado con creces. Tanto las famosas cervecerías, los cementos, los pollos, las aduanas y continúe usted con la lista (que vienen del sector privado) han evidenciado que no son niños de primera comunión y cuando pueden también se comportan como hampones.
Los mitos, como ya he dicho, son abundantes. Son una especie de superchería que uno mismo inventa, u otros, para tranquilizar la conciencia para, hipócritamente, pensar que siempre «el infierno son los otros».