Creo yo que los guatemaltecos estamos ya recorriendo un camino trillado que en otros países ha generado abundantes problemas y que tiene raíz en el comportamiento de la llamada clase política tradicional. Talvez el primer ejemplo lo debamos encontrar en Perú, con la elección de Alberto Fujimori, puesto que su candidatura surgió como una muestra de rechazo a un sistema que se evidenció corrupto e incapaz de dar satisfacción a las necesidades populares. El caso de Hugo Chávez en Venezuela es otro ejemplo de cómo los pueblos, hartos del desengaño provocado por la corrupción de quienes conforman esa clase política, se terminan inclinando por propuestas alternativas que tienden a romper con los moldes del pasado. Ni Fujimori hubiera sido posible sin los errores del primer gobierno de Alan García, ni Chávez hubiera logrado el éxito sin la suma de los excesos de adecos y copeianos en Venezuela.
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Después de años de gobiernos autoritarios y de sucesivos golpes de Estado, los países latinoamericanos encontraron el rumbo de la democracia y procedieron a elegir a sus autoridades en un ejercicio que parecía inusitado. Pero por una combinación compleja de factores, en la mayoría de países los dirigentes no supieron estar a la altura de las circunstancias y han provocado que los pueblos terminen añorando aún las viejas formas de autocracia y autoritarismo que tanto daño hicieron y que tanto criticamos.
En Guatemala, de 1985 para nuestros días, los ciudadanos hemos tenido la oportunidad de ir a las urnas para elegir a nuestras autoridades y en resumidas cuentas se puede decir que hay una acumulación de desengaños y frustraciones. La prueba más patente está en que ningún partido de gobierno ha logrado repetir y, peor aún, todos los que han ejercido el poder han entrado en un proceso de agonía y muerte que parece inevitable. Desde hace tiempo se viene diciendo que el tiempo se agota, que el modelo no da para más, pero desafortunadamente no hemos visto entre los partidos políticos la renovación y la responsabilidad para adoptar posturas congruentes con la necesidad del ciudadano.
Lejos de ello, lo que ahora vemos es una proliferación de campañas negras, de intentos por descalificar a medio mundo y las mayores muestras de bajeza. Lo que los políticos tienen que entender es que están labrando la estaca en que serán sentados porque tarde o temprano vendrá ese tipo de propuesta «alternativa», contraria al sistema, que puede ser que llegue para quedarse y que ha de contar con el beneplácito de una población que está harta del comportamiento de quienes se autonombran como sus dirigentes.
Es importante hacer ver que el tiempo se nos está agotando y que la población no aceptará eternamente los constantes desengaños y frustraciones. Es más, mi opinión es que la democracia y el modelo iniciado en 1985 se está jugando sus últimas cartas, quemando sus últimos cartuchos, y que todo dependerá de la forma en que actúen quienes resulten electos porque un nuevo traspiés y un nuevo desengaño será fatal para el sistema.