«Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente». Así pensaba Rubén Darío. Habría preferido no sentir nada para llevar una vida feliz y evitar el dolor que provoca la existencia. Todo lo contrario de lo que se desea ahora: sentirse vivo. Ahora no se desea no sentir, sino sentir al máximo para vivir experiencias de lujo, quizá por eso esté tan de moda la Viagra.
La Viagra ha venido a ser la salvación de quienes apenas sentimos y nos urge sentir. Sin ese remedio, la irrigación de la sangre y consecuentemente la vida feliz estaría en peligro de muerte. Pero no sólo la de uno en lo personal ?que ya es mucho-, sino también la de ella (la de la vecina, la esposa, la compañera de trabajo y todas las que el Señor generosamente envía a nuestras vidas).
El sildenafil se ha convertido en el maná del cielo. Ya moríamos, nuestra vida no tenía sentido y vivíamos en la desesperanza, alicaídos. De pronto un químico, por accidente, descubrió que un componente era capaz de subirnos los ánimos y así empezó la historia. La farmacéutica la puso a disposición del público y desde entonces la vida comenzó a ser más sensitiva y la sangre empezó a irrigar hasta la glándula pineal de Descartes.
Podríamos decir que una parte de la humanidad se ha convertido en «Viagra-dependiente». Uno podría decir en el fondo de su corazón eso que se expresa en los ambientes religiosos: «que nos falte todo, menos tú», refiriéndonos al Viagra, claro está. Es que gracias a la Pfizer, de verdad, ahora hasta nuestra autoestima está de carnaval. Nada más elegante y hermoso que ver ese miembro finalmente funcionando, encumbrado, en su lugar, como Dios mismo seguro lo pensó. Ahora sí los complejos finalmente pueden irse de vacaciones.
¿El precio? Qué importa el precio cuando está en juego la felicidad. ¿Cuánto daría uno por ser feliz? Cualquier cosa. Por eso es que las farmacias están llenas de gente con urgencia de fortuna. Las mujeres no lo saben, no se lo vamos a decir. Pero, los hombres, hacemos cualquier cosa para que ellas la pasen bien. Lo del Viagra es apenas una ayudadita, les vamos a jurar que nosotros sí, de verdad, las apetecemos, pero es que eso a veces no basta para cumplir con el deber. A veces en la vida se necesita un empujoncito y, qué cuesta conseguirla a través de químicos.
Me pregunto a estas alturas si le habría dado el Nobel al inventor de la felicidad posmoderna. El ingenioso de ese coctel para la erección habría merecido eso y mucho más. Confesémoslo de nuevo, hoy no se puede vivir sin recurrir a ese profiláctico. Lo usan los que lo necesitan, lo usamos los inseguros, lo usan los sanos, lo usamos todos. El mundo entero está «enviagrado» y la consigna de nuestros días es «o lo usas o mueres» y nadie quiere morir en el intento.
¿Usted no lo necesita? Ya vendrán días, como dice el salmo, sólo es cuestión de tiempo. Mientras tanto, ahorre dinero que en el futuro lo va a necesitar. O de repente, si usted es desganado y a su dama no le interesan esas cosas, pues vaya memorizando poemas, como esos de Rubén Darío, en donde diga «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo?».