Valor para entrar a la polí­tica, y valor para salir de ella


Este artí­culo está dedicado a José Carlos Marroquí­n, un joven con ilusiones para cambiar el rumbo del quehacer polí­tico en Guatemala para lograr el reencuentro de los valores elementales como la verdad, justicia, honradez y proyección social hacia la población guatemalteca.

Fernando Mollinedo

El hacer periodismo le brindó a José Carlos una visión de la problemática nacional y cada vez que descubrí­a la falta de voluntad polí­tica para remediar o en su caso aliviar los problemas sociales, se fue dando cuenta que una de las formas directas para superar dichas frustraciones es la participación directa en los grupos de toma de decisiones, es decir, en las organizaciones polí­ticas que oficialmente son reconocidas como partidos polí­ticos.

En los partidos polí­ticos, las estructuras de poder están conformadas por muchas personas que con su aporte dinerario, fí­sico, material o en especie, han logrado un lugar para ser recompensados con una cuota de poder, que de haber llegado al ejercicio nacional del mismo, se traducirí­a en el desempeño de un puesto o plaza dentro de la administración del Gobierno.

Sin embargo, cuando algunas personas aportan un elemento distinto, algo que no es común dentro de esas organizaciones, tal como la implementación de valores axiológicos para legitimizar el ejercicio del poder y por ende cumplir con la plataforma ideológica propuesta, entonces se dan las reacciones negativas porque las personas que «invierten» con otra clase de aportaciones, sienten que sus cuotas de poder serán minimizadas.

Se necesita de mucho valor para incursionar en la polí­tica partidista en Guatemala, porque ello significa exponerse al escrutinio público y también a que en torno suyo se «levanten» una serie de «bolas» infundadas que persigan afectar su imagen, su personalidad y su entorno social. Esto ocurre en Guatemala, en todos los partidos polí­ticos, por todos los medios al alcance de quienes pretenden causar daños a sus posibles rivales dentro del mismo partido.

Los valores que inspiran a toda plataforma ideológica son loables, persiguen el bien común y la satisfacción par parte de quienes ejercen gobierno, de proyectarse a las clases más necesitadas y elevar los niveles de producción, inversión, paz, seguridad, justicia, salud y educación entre otros; pero siempre existirá un grupo que a la sombra del poder ejerce acciones fuera del orden protegido por la estructura de seguridad que ellos mismos manejan.

Pero, cuando se trata de poner en práctica dichos valores y se encuentra un rechazo a los mismos porque riñen en contra de los intereses económicos establecidos y como corolario la agresión brutal por medio de las armas y coacciones y amenazas, entonces, viene la desilusión y el pensar reflexivo: «No puedo cambiar el sistema, yo sólo no puedo». Entonces se necesita mucho valor para decir; «Hasta aquí­ llegué. Mi familia es primero».