La fumada


El programa Libre Encuentro del pasado domingo es una muestra de la fantasí­a ilimitada de los seres humanos. Digamos que prueba que en medio de la adversidad los humanos somos capaces de inventar, lamer nuestras heridas y fingir que estamos bien y nada pasa. Tanto es así­ que si el programa de entrevista lo hubieran visto extraterrestres dirí­an que se trataba del análisis de un paí­s en creciente desarrollo, pací­fico, con problemas sí­, pero mí­nimos.

Eduardo Blandón

La mayor parte de los participantes parecí­an estar drogados, unos por la ideologí­a, otros por el confort de sus finanzas y otros, seguramente, por la edad. La Guatemala que dibujaron era surrealista, las frases, llenas de optimismo: «estamos bien», «vamos para adelante», «los í­ndices apuntan a que en el tema de seguridad pronto estaremos mejor», «los niveles de pobreza han mejorado. «Cada vez hay menos pobres», «la participación en las elecciones fue de calidad», «se terminó el tiempo de las manipulaciones», «la fuerza social es espeluznante».

Uno de los participantes quiso eventualmente bajarlos del cielo (porque obviamente estaban en estado mí­stico, arrobados), pero no se lo permitieron. La silenciaron (era mujer) y casi insinuaron que sus ideas eran descabelladas. «A quién se le ocurre seguir pregonando que los problemas sociales son los más importantes. La médula de todo es lo económico. Primero éste y después, los demás, se solucionarán por su propio peso». Pero, ¿y el hambre? «Claro, el hambre. A ellos hay que ayudarlos, darles alimentos. Pero no regalados por mucho tiempo porque la gente se acostumbra. Hay que enseñarles a pescar».

Ese fue un conciliábulo aburrido porque, además, se repitieron las aburridas y pobres fórmulas que desde chiquitos enseñan a los niños en la universidad que todos conocemos: «La inversión privada será la que genere el desarrollo», «los impuestos empobrecen al paí­s», «el Estado es ineficiente», «el sistema no funciona» (el que ellos mismos construyeron), «la izquierda está trasnochada», «lo urgente es hacer cumplir la ley» (la que ellos hicieron para su propio beneficio). Recitaron de memoria el catecismo conocido por todos.

Ese paí­s, sobre el que ellos discutieron, existe, pero sólo en las mentes de sus participantes. Es una construcción fabulosa cuya vida es breve porque sólo es posible mantenerlo con guardaespaldas y privándose de conocer las áreas marginadas y excluidas del paí­s. Existe, sí­, pero sólo en los libros de algunos «académicos», «intelectuales» y «sociólogos». Ellos son capaces de interpretar la realidad a lo Garcí­a Márquez, tienen habilidad para la deducción a partir de premisas mágicas y una inclinación hacia lo oní­rico que francamente pierden el tiempo si no escriben novelas.

Como todo es posible rescatar, quizá lo más salvable de todo fue comprobar la capacidad escapatoria del género humano. Ese programa fue una especie de «fuga mundi», navegar por realidades virtuales, ficticias y mágicas. Corroborar que si algo somos los humanos es creadores de mundos imaginarios, que la realidad es incapaz de someternos. Qué interesante, ¿no?