Hacia una ecologí­a de la palabra


Hay un momento durante la celebración eucarí­stica, en el Acto de Contrición, en que los fieles piden perdón a Dios por los pecados de «pensamiento, palabra, obra y omisión» cometidos en el transcurso de la vida. La conciencia se presenta humilde ante Dios, confiesa su iniquidad y le implora a Dios su misericordia. El creyente se da golpes de pecho y suplica a la vez la fuerza para no repetir la misma ruindad.

Eduardo Blandón

Es un hermoso acto por varias razones. La primera, por la aceptación del mal que cometemos con tantas palabras de más que pronunciamos. La verborrea no es una virtud en el Evangelio. El Maestro no poseí­a «el don de lengua». Decí­a sí­ cuando convení­a y no cuando era necesario. Solí­a saber callar.

En un segundo momento, el Scto de Contrición es valioso porque permite considerar no sólo lo pernicioso del uso indiscriminado e imprudente de la palabra hablada, sino también de la escrita. El arrepentimiento debe extenderse entonces a la escritura pajosa. Y en esto el mundo de hoy sí­ que tiene mucho de qué arrepentirse.

Los primeros que deberí­amos «arrepentirnos» de esto somos los comunicadores sociales, los que por oficio escribimos con frecuencia o hablamos más de la cuenta. ¿Usted como periodista no se ha dado cuenta de la abundancia de paja escrita? Si no lo ha notado es porque es un «bendito de Dios» por llamarlo de una manera cariñosa. Aunque, claro, debemos admitir que hay niveles de basura escrita. El Blandón, por ejemplo, puede escribir más paja que cualquier otro insigne columnista, pero este último alguna basura también tiene que tener en su haber.

Más allá de los periodistas hoy se han multiplicado los «pecadores» del «bla, bla, bla» escrito. Fí­jese por ejemplo en los famosos «blog» de Internet. La cantidad de trivialidad y vulgaridad producida a diario debe hacer temblar al mismí­simo Padre eterno. Esa es una diarrea digital y seudo intelectual de antologí­a. Pero también están los famosos creadores de las «campañas negras», ellos pertenecen a este grupo de los incontinentes vulgares de la posmodernidad.

Con tanta laxitud cabe aplicar aquí­ también una campaña ecológica: la ecologí­a de la escritura. Una campaña que vaya en contra de quienes producen esos desechos. No más contaminación, basta de desperdicios. Deberí­amos encaminarnos hacia la responsabilidad por la descontaminación mundial por artí­culos escritos. Habrí­a que suprimir columnistas (Fidel Castro y Mario Vargas Llosa para citar un par de contaminadores) o permitirles escribir con menos asiduidad: una vez cada seis meses o anualmente.

Otra idea podrí­a ser abrir un espacio exclusivo para contaminadores. Así­ como hay área de fumadores, podrí­a haber lugares para los incontinentes de la escritura, para los que aburren con el mismo tema o para los que disfrutan referirse siempre a lo mismo. De esa forma, el aire se puede ir purificando y se reducen también los espacios en los anaqueles de las librerí­as.

De alcanzarse la utopí­a hasta podrí­a cambiarse la fórmula del acto de contrición y los creyentes pedir perdón sólo por los pecados de «pensamiento, obra y omisión».