El mito de la mano dura


En 2006, la tasa de homicidios en Guatemala llegó a 24.2 por cien mil habitantes, la más alta en los últimos 20 años. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) sostiene que el í­ndice normal de criminalidad se encuentra entre 0 y 5 homicidios al año, por cada 100 mil habitantes. La situación es «delicada» si el í­ndice de homicidios está entre 5 y 8. Cuando excede de 8 se da un cuadro de criminalidad «epidémica».

Marco Vinicio Mejí­a

Guatemala fue el cuarto paí­s latinoamericano con la criminalidad más aguda después de Colombia (84.6 homicidios por 100,000 habitantes), El Salvador (43.4), Venezuela (34.1) y Brasil (31.0). Eso significa que en Colombia el í­ndice de criminalidad fue 10 veces mayor a la epidémica; en El Salvador, 5 veces; 4.25 en Venezuela; en Brasil, 3.8 veces; mientras en Guatemala fue 3 veces superior al í­ndice epidémico.

Ante esta epidemia han proliferado los llamados a emplear la «mano dura». Estos ofrecen una solución aparentemente fácil al aumentar la represión, subir las penas y encarcelar menores. Un reciente informe de USAID, citado por Bernardo Kliksberg, analiza su aplicación en El Salvador y Honduras. Estableció que las cárceles se superpoblaron, pero el delito no se redujo. Se deterioró aun más la relación entre el Estado y los pobres. Para muchos jóvenes marginados sin protección ni ayuda del Estado, la policí­a se convirtió en su único contacto con el mismo. El informe concluyó que la mano dura «está motivada polí­ticamente». Resaltó que «es más fácil golpear a los integrantes de las maras que encarar los problemas sociales más complicados que se hallan detrás de su existencia, como la desigualdad en los ingresos y la pobreza».

Kliksberg advierte que es necesario distinguir el crimen organizado, las bandas del narcotráfico, el secuestro, y otras «a las que se debe aplicar todo el peso de la ley, de la inmensa ola de delitos menores de adolescentes y jóvenes tí­pica de la región y que puede llevarlos después a delitos mayores. Detrás de esa ola, se halla la dura exclusión social. Uno de cada 4 jóvenes latinoamericanos está fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo. También la desarticulación de muchas familias, principal unidad de prevención de delito, ante el peso de la pobreza, y los bajos niveles de educación».

Las sociedades exitosas en erradicar el delito, como Noruega (0,9 homicidios cada 100.000 habitantes), Dinamarca (1,1), Suecia (1,2), y Finlandia (2,2), no sufren de delitos debido al modelo nórdico de cobertura social universal, empleo asegurado, y educación garantizada. Un estudio en 21 paí­ses encontró lo mismo, una correlación directa entre gastos en seguridad social y tasa de homicidios.

Para Kliksberg, la epidemia de criminalidad puede detenerse, «pero se necesita pasar de la demagogia de la mano dura, a un gran pacto social que lleve a invertir más en educación, crear trabajo para los jóvenes, y proteger la familia». La policí­a debe participar junto con la comunidad para prevenir el delito. O sea, es hora de dejar el enfoque puramente policial, de «mano dura», y sustituirlo por una visión integral.